Al final del camino, uno mismo es el único culpable, pero no sé si esto es real o sólo la impresión creada, una ilusión conformada de sentimientos nacidos estos últimos días que han sido un infierno creado sólo por mi. Sé que existe un pasado, un pasado casi olvidado, un pasado donde empiezan las historias, donde nace todo cuento.
Me veía hace pocas horas en la tesitura de recordar todo lo bueno ocurrido para así llegar al menos al respeto que habíamos perdido el uno por el otro, no ilusionado, mentiría si hablo de ilusionarme, pero confiado, sí, confiado en allanar un camino que yo me había encargado de destrozar y parchear; confiado en al menos sonreir a la hora de hablar, olvidadndo toda ira, que ya iba siendo hora de desterrarla de nuestras vidas, la ira.
Quería recordar una noche de Diciembre, hace mil años, un restaurante chino, y empezar en ese punto; retomar cada recuerdo bonito, reconstruir al menos las fotografías envejecidas, reconstruir y retocar, soy bueno con el Photoshop. Tal vez desde ese momento, podría caminar hacia adelante en el tiempo, retomando, retocando y cosiendo, con la finalidad de volver a mirarnos si no con amor, sí con respeto.
Pero esas intenciones han desaparecido en cuarenta minutos, así, de golpe, sin verlo venir. Un arrebato de sinceridad brutal, un arrebato de rabia acumulada, un arrebato de carga y desafío, un arrebato de ráfagas al corazón, y de repente sólo quedan pedazos de mi esparcidos en el salón, de vidas rotas, de recuerdos bonitos, entre cenizas y miles de lágrimas, siento enloquecer de debilidad, y hundo mi cabeza en el pecho, y me hago pequeño.
No sé si un día acabaré esta historia que he empezado a escribir, nunca acabo aquello que comienzo, y temo que esto sea igual, quizás porque nunca adivino a ver el final del camino.
Consentido, mentiroso, irresponsable, irrespetuoso; ¿lo soy? ¿soy todo esto? no lo sé, pero según salían las palabras de tu boca, sólo veía en el espejo ese que me mostrabas entre rabia y dolor, a un perfecto hijo de puta…




