Hace muchos años, madre mia, muchísimos, casi más de dos o quince ya, quizás más, que importa, conocí a mi némesis, y es que todos tenemos un némesis esperando en algún lugar del mundo. El caso es que yo tuve la suerte, o mala suerte de conocer a mi némesis en la adolescencia, o post adolescencia, vamos, cuando aún me salían granos en la cara y luchaba por ser un rebelde, porque no sólo se lucha al ser rebelde, también se lucha por llegar a serlo. Vamos, que me vestía como me salía de los cojones contradiciendo a todo dios, con un gusto pésimo, sí, como si en un viaje de vuelta desde los años cincuenta a la actualidad, me hubiese quedado a repostar algo de ácido a finales de los sesenta, un hippy trasnochado, el último gran hippy de mi pueblo, lo dicho, lo que me salía de los cojones; y no sólo eso, lo llevaba con orgullo, con el orgullo de sentirse y saberse diferente, eso no ha cambiado, sólo que ahora los objetos de mis críticas son un poco más adultos por decirlo de alguna manera, eso y que el vestuario ha cambiado, se ve que encontré una faceta de estilista de vuelta a los noventa. y al menos pude salvar con decoro la época de las hombreras de los ochenta.
Como iba diciendo, que siempre me pasa lo mismo, conocí a mi némesis allá por los años extraños, un encuentro tan fugaz como traumático, en el que me vi acorralado contra un poste de duro y frío cemento, acosado por la razón, la previsión, el decoro, y sintiendo como mi espalda se helaba contra el poste de cemento frío, mientras mis mejillas ardían sonrojadas por el rapapolvo que me estaba cayendo encima, en la intimidad de un bar en Sábado por la noche, estas, son de esas cosas que no se olvidan fácilmente; yo sé que podría haberme creado un trauma peligroso, haberme hundido, tal vez podría haberme forzado a una autoreclusión Saturnina, podría haber caído en ese momento de la cinta en la que estaba mi vida misma, de ahí al foso de los espacios vacíos que existen entre cinta y cinta…
Pero no, no fué así, llevaba conmigo un arma poderosa, esa rebeldía que hervía dentro de mi; no recuerdo cómo ostias salí de aquella situación, teniendo a mi némesis frente a frente, pero salí, y salí fuerte, de hecho, en vez de recordarlo como un profundo cisma en mi vida, lo recuerdo como una anécdota, y me hace gracia abrir el libro de las anécdotas de vez en cuando y leer ese capítulo; de hecho es extraño, bueno, no tanto según los principios de la física; me sentí por un momento irremediablemente atraído por mi némesis justo aquella misma noche, pero duró lo que dura un vaso de mosto con cointreau; años más tarde volvería a encontrarme con mi némesis en otra situación, bajo otras circunstancias, aún seguía siendo mi némesis, eso nunca cambia. Yo al menos estaba preparado cuando la conocí…




