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Al final del camino, uno mismo es el único culpable, pero no sé si esto es real o sólo la impresión creada, una ilusión conformada de sentimientos nacidos estos últimos días que han sido un infierno creado sólo por mi. Sé que existe un pasado, un pasado casi olvidado, un pasado donde empiezan las historias, donde nace todo cuento.

Me veía hace pocas horas en la tesitura de recordar todo lo bueno ocurrido para así llegar al menos al respeto que habíamos perdido el uno por el otro, no ilusionado, mentiría si hablo de ilusionarme, pero confiado, sí, confiado en allanar un camino que yo me había encargado de destrozar y parchear; confiado en al menos sonreir a la hora de hablar, olvidadndo toda ira, que ya iba siendo hora de desterrarla de nuestras vidas, la ira.

Quería recordar una noche de Diciembre, hace mil años, un restaurante chino, y empezar en ese punto; retomar cada recuerdo bonito, reconstruir al menos las fotografías envejecidas, reconstruir y retocar, soy bueno con el Photoshop. Tal vez desde ese momento, podría caminar hacia adelante en el tiempo, retomando, retocando y cosiendo, con la finalidad de volver a mirarnos si no con amor, sí con respeto.

Pero esas intenciones han desaparecido en cuarenta minutos, así, de golpe, sin verlo venir. Un arrebato de sinceridad brutal, un arrebato de rabia acumulada, un arrebato de carga y desafío, un arrebato de ráfagas al corazón, y de repente sólo quedan pedazos de mi esparcidos en el salón, de vidas rotas, de recuerdos bonitos, entre cenizas y miles de lágrimas, siento enloquecer de debilidad, y hundo mi cabeza en el pecho, y me hago pequeño.

No sé si un día acabaré esta historia que he empezado a escribir, nunca acabo aquello que comienzo, y temo que esto sea igual, quizás porque nunca adivino a ver el final del camino.

Consentido, mentiroso, irresponsable, irrespetuoso; ¿lo soy? ¿soy todo esto? no lo sé, pero según salían las palabras de tu boca, sólo veía en el espejo ese que me mostrabas entre rabia y dolor, a un perfecto hijo de puta…

Se acerca el 20 de Noviembre, y llevo un año más político que de costumbre; desde el tema del 15M procuro informarme un poco más, procuro entender qué pasa a mi alrededor y dejar de hacer la del avestruz.

Yo antes de todo esto, era abstencionista, y era abstencionista porque tenía mis motivos; para ser sinceros, era abstencionista la gran parte del tiempo, hasta que conocí a la que hoy es mi mujer y me dejé convencer para de cuando en cuando, jugar a eso de ir a votar. No duró mucho el convencimiento, porque volví a la senda de la abstención con más ganas que antes.

El por qué de mi abstencionismo es fácil de resumir, y supongo que será el mismo motivo que lleva a la abstención a tantos: los políticos, son todos lo mismo; si voy a votar les sigo el juego; mi voto no sirve para nada; no me siento representado por nadie; son todos unos putos ladrones que buscan el reconocimiento de unos pocos o unos muchos, para engordar sus bolsillos y sobre todo, su enorme ego.

Supongo que todas estas razones, cuando salían de mi boca por aquellos años, tenían adornos alrededor, palabras de esas que dan a lo que quieres decir un peso y un poso de importancia, pero en resumen, mis motivos se reducían a lo dicho en el párrafo anterior. Me valían, me eran suficientes, rezaba (no, no rezaba, es una forma de hablar, ya lo sabéis) porque la gente estuviese igual de harta que yo, de que la abstención fuera tan significativa como para invalidar las elecciones, una y otra vez, una y otra elección, algo que obligase a cambiar el sistema, que forzase a los políticos a currar para los votantes. Pero no, nunca ocurrió, nunca pasaba, nunca la abstención era tan alta, y una vez tras otra me quedaba con un palmo de narices, viendo como la noche electoral, los mismos gilipollas de siempre, que siempre eran distintos, daban saltitos de alegría, como hacen los críos cuando están supersupersuper emocionadísimos por algo, claro que eso hacía que me preguntara, cómo era posible que estuviesen tan pletóricos de felicidad, con lo mal que estaban las cosas siempre, y con todo lo que tendrían que currar para sus amados votantes (y para los otros, ya que cuando uno es presidente, he oido que gobierna para todo el mundo)

El caso es que nunca se dio una abstención tan enorme, y el desencanto ante esta situación y la hartura ante la misma, me hizo el plantearme jugar a su juego, ya que no éramos, no somos tantos, los que rompemos la baraja. El motivo es muy simple, hay votantes de los dos partidos mayoritarios en el estado español, y votantes tanto en Catalunya como en Euskadi, que votan siempre siempre de los siempres forever a sus partidos, que no dejan de hacerlo aunque se les esté cayendo el cielo encima, por lo que nunca se da una mayoría abstencionista suficiente, o sea que nuestro gozo en un puto pozo, pero profundo, muy profundo, tanto como la obsesión de ser de unos o de otros, a muerte, a muerte siempre, sobre todo si es para ir en contra del otro… mierda de pais, oiga.

Como la abstención nunca es suficiente, buscando y sobre todo encontrando por ahí, vi que lo único que puede dar un poco o mucho por culo a esta gente (a los políticos en general y a los partidos mayoritarios en general) es ir a jugar a su juego, participar de su teatro, pero claro, no de la manera que ellos quieren, no votándoles a ellos. Votemos, sí, pero a otros, a los minoritarios, a Equo, a Amaiur, IU, el partido del Karma o a su puta madre, votemos nulo, que mola más, eso sí es ir a decir ninguno de vosotros me representa, que aparezcan miles y miles de votos nulos, que aparezca en las urnas, bajo su teatro de la democracia, lo que ellos se niegan a ver y reconocer, que la mayoría de la gente está hasta los huevos de esa nueva clase social que vive muy por encima y al margen de la sociedad: los políticos.

tu voto nulo

"si te apetece votar nulo de manera original, descarga e imprime esto y lo metes en los sobres para votar"

Al fin y al cabo no es algo nuevo. Muchas veces hemos aceptado jugar sin que nos gusten las normas, porque jugando hemos aprendido a beneficiarnos de esas normas. En telefonía lo hacemos. Todos sabemos que las compañías telefónicas hacen lo que les sale de sus santos huevos con los usuarios, que las ofertas sólo son para los nuevos, que hay que firmar contratos de permanencia sí o sí, y no nos gusta, no nos gusta un pelo, pero lo hacemos, y de tanto hacerlo, y de haber aprendido a cómo hacerlo, ahora vamos como las abejas, de compañía en compañía, de año en año, cambiando a las nuevas y mejores ofertas, jugando con sus reglas, que no nos gustan, pero intentando salir lo menos perjudicados gracias a ellas.

Así es como me lo planteo hoy en día: yo fuí abstencionista, pero de tanto que lo fuí, de tanto ver que romper la baraja no me llevaba a ninguna parte, me planteé dejar de serlo, y así lo hice; no me gusta el juego de la democracia que se han montado, pero ya que si me abstengo, sólo voy a ser un mero dato mientras los de siempre saltan como los niños para celebrar victorias de ilusionista, al menos voy a intentar hacer algo diferente, algo nuevo, esperando que la gente vaya a votar, lo que sea, esta vez ni votaré en blanco ni me abstendré, para ver si por una vez, los de siempre pierden, o si no pierden se acojonan, y si no es esta vez, la siguiente o la siguiente, hasta que esto cambie.

Sí, yo fuí abstencionista, pero el 20 de Noviembre no romperé la baraja, sólo jugaré a mi modo con sus reglas, muy buenas tardes, arratsaldeon!

Bien, sentado delante de esta pantalla; tengo que anotar todo lo que se me va pasando por la cabeza, claro, luego pasa que al sentarme ya no recuerdo. Sólo recuerdo lo que siento, y siento desasosiego, un cabreo importante, hartura por escribir con el freno de mano echado, bajo de moral por momentos, ilusionado de cuando en cuando, e intentando ser buen padre el resto del tiempo.

Desasosiego, cansancio, por no poder tener un puto euro en condiciones, por no llegar a fin de mes sin agachar las orejas, avergonzado porque no me queda otro remedio, enviando currículos aquí y allá, a todas partes, sin importarme el tipo de trabajo, porque hace mucho tiempo que no puedo exigir, sólo me toca esperar, esperando no desesperar, jardinero, jefe de obra, peón, repartidor, arquitecto, reponedor… Tiene huevos, sabiendo con cierta certeza que no llamarán, demasiada gente, un currículo demasiado para algunos trabajos y demasiado poco para otros, y mientras los niños en casa, que eso sí, a ellos nunca les falta nada, nunca les faltará, de una manera u otra; pero el desasosiego según pasa el mes crece y crece; creo y confío en que el ciclo vuelva a cambiar. En la vida vivimos ciclos, sólo hay que saber reconocerlos y cogerlos, como esas cintas de las que hace tiempo me hablaron, cintas transportadoras que te llevan donde quieres.

darth pope

That's the way they want it... Ahora que lo pienso, mejor nos iría...

Son momentos de apatía, rodeados de impotencia, de mala leche y de escepticismo. Siento un cabreo importante con todo lo que me rodea, con el sistema de vida que nos ha tocado vivir. Nacemos con una tarjeta de identificación, que nos es asignada dependiendo del lugar en el que lo hacemos, y lo más descacharrante de la historia, es que es puto azar, suerte, buena o mala, eres musulmán, cristiano, budista, artista de la pista, ateo guapo, feo, europeo, asiático, del tercer mundo del primero o del puto inframundo, sólo por AZAR; eres capitalista, o menos capitalista (eso sí, el capitalismo es común para casi todo el mundo) o eres blanco, negro, amarillo, rojo o del color de la aceituna, como Antonio Torres Heredia, hijo y nieto de…bueno, ya sabéis. Un dedo untado en polvo mágico te pone en un punto, y vives de acuerdo con lo que te rodea, y todo sería genial, si aquello que te rodea te permitiera dudar, criticar, reconstruir, negar, aceptar, porque eso sí, en casi cualquier lugar en el que te pongan, lo que seguro podrás hacer es afirmar, asentir, aceptar, poquito más.

señales en el cielo

Se abre el cielo antes del 20N, clicka la imagen

Vaya mierda de post, y todo esto pasa señores, por no apuntar lo que va pasando por mi cabeza, tanto en casa como en el autobús; quería hablar del comunicado de ETA, pero ya hay periodistas y políticos tremendamente cualificados que lo hacen por nosotros, pobres ignorantes que no sabemos de hablar ni de decir; quería hablar del 20N, que creo que debe de ser el nuevo fichaje del Madrid, porque todos sabemos que pasará el 20N a no ser que la noche anterior se abra el cielo y tengamos una revelación; quería hablar de la crisis, what crises? porque el invento este de la crisis se les está escapando de las manos a los señores de los dineros, o eso, o les está saliendo la jugada redonda (me importa una mierda, hace tiempo que me dejó de importar, desde que comprendí que la banca siempre gana); en fin, que quería hablar de muchas cosas y se me ha quedado el post en una nada, en una nada muy grande, y como no venga un niño desde el planeta Tierra a dar un nombre a nuestros sueños, me da que se va a ir todo el mundo a tomar por culo, así mismo.

Ea, que para escribir mamonadas de este estilo, está mejor uno escuchando música en paz, muy buenas noches.

Buenos días, leñe, a pesar de todo, buenos días… Como he comentado en el twitter, el cielo está tintado de azul por los pajarracos, pero me alegro, porque aún se ve el Sol entre las plumas, y es que no hay de otra…

Joder, ya, que soy un poco perroflauta, ya, pero es que he sido así toda mi vida, denostado por los pragmáticos, denostado por los realistas de pacotilla, que se les llena la boca con la palabra esa: demagogía; lo que más siento de ser un poco perroflauta es que sólo aprendí a tocar mi propia flauta, y nunca procuré aprender a tocársela a los demás. Llevo una semana de emociones, pensando en que la sociedad realmente sí puede cambiar, creyendo que un movimiento puede generarse y puede crecer y hacerse adulto, soñando que mis hijos van a tener un futuro mucho mejor, o al menos más justo, o despejado en el horizonte, una semana de ilusiones que ayer a la noche se dio una ostia de las de libro, por el tema de los pajarracos, claro que los cambios tan profundos precisan de mucho tiempo, y de retrocesos, y de paciencia, vamos, que va para largo el tema…

perroflauta

aquí me tenéis, intentando tocar mi flauta

Me emociona todo este tema del 15M, de las acampadas, del pueblo unido y demás, y por eso ayer estuve en Donosti, queriendo palpar de cerca ese ambiente. Tres notas al respecto, o tres hechos o conclusiones o whatever, son los que puedo sacar de ese mi encuentro:

  1. Dejé escrita una nota dando las gracias a toa esa gente por luchar para que mis hijos puedan tener ese futuro más limpio.
  2. Soy un perro flauta, pero no tanto, joder; entiendo que hay que pasar el tiempo, entiendo que son muchas horas, y alabo los esfuerzos de las diferentes actividades; me encanta que tengan una especie de taller infantil, guardería, me encanta la caseta donde se informa y se pide ayuda, los paneles, los grupos de debate; pero me sobran las clases de didjeridoo, o actos similares, que si bien pueden resultar interesantes en algún contexto, no creo que éste sea el caso.
  3. Eché de menos un contínuo ir y venir de propuestas, ideas, diálogos, apertura a todo el que se arrimaba, como si todo el pescado estuviera vendido y todo decidido, vamos.

Pese a todo, estoy profundamente agradecido a cada uno de los que acude a todas las acampadas, luchando a su manera por ese futuro, o por este presente, hasta a los perroflautas como yo, a ellos también les estoy agradecido, pero por amor de dios, que no dejen arrastrarse ahora por la desesperanza de verse oscurecidos por las gaviotas.

Y de las gaviotas precísamente quería hablar, aunque sea de costado; estaba yo ayer en mi desdicha, reflexionando sobre los pájaros en cuestión, apagando la radio cada vez que conectaban con alguno de sus exultantes portavoces, cuando en una de estas, me vi sorprendido, sin tiempo de desconectar la radio, por una multitud en Génova, que jaleaba eso de “Bildu fuera”. Vale, por dónde empiezo, tal vez por el hecho de que  estos demócratas obvian así por los cojones lo del tema de la separación de poderes, de que obvian lo que es en sí una democracia, de que obvian lo que el Tribunal Constitucional (creo) dictaminó, de que eso del perdón en el que creen cada Domingo se debe de diluir cuando se trata del perdón a todos aquellos que no comulgan con ellos; tuve incluso cierto miedo, porque mientras la policía vigilaba un grupo pacífico, mosqueado, indignado, pero pacífico, en Sol, ignoraba a otro grupo de exaltados cuyas proclamas incitan a la violencia, por mis cojones que seguro que si pudieran, abolían autonomías, idiomas y dialectos y encerraban a todo nacionalista, pacifista o no, por no decir de los izquierdosos perroflautas; en serio, sentí miedo de esta gente, cómo que Bildu fuera, señores, si Bildu engaña, hay leyes, si engaña, existen las elecciones para retirarles el apoyo que miles de ciudadanos les hemos dado, con la ilusión y la creencia de que esta vez es la definitiva. Dejen de tocar los cojones y preocúpense de aprender lo que es la democracia, la sombra del árbol de la dictadura fue tan fresquita, que les da miedo quemar su blanca piel al Sol… A la mierda, coño!

Bajo a la perra al baño público, y de pie, en el paso de cebra, cruza delante de mis ojos uno de esos todoterrenos negros, uno de esos que parecen fabricados como si fueran fortalezas de metal duro, muy duro, durísimo, como de fibra de roca de titanio, con ventanucos pequeños, enanos, oscuros, como si dentro fueran los jodidos hombres de jarrelson, como si el conductor, con gafas de sol oscuras, llevara en una carpeta negra, sobre el asiento del copiloto, con todos los secretos de estado que podrían desbaratar el sistema democrático (cosas como que Rubalcaba en realidad sale de karaoke todos los Jueves por la noche y viste ligueros, cosas como que a Dolores la Cospedal, le han visto salir de locales de intercambio de parejas en Madris, vestida de cuero negro, como la carpeta negra).

La Cospe en una de sus sesiones

La Cospe en una de sus sesiones

Supongo que esta noche pasada habré dormido demasiado poco, la mala costumbre de intentar dormir con la radio puesta, un día en el que el Real Madrid vuelve a ganar la copa del rey, que a eso de las cinco de la mañana, ya has oído treinta veces el gol, las celebraciones, aquello de “yo soy español, español, español…” y claro, que si estuviera yo solo, pues apagaba la radio y sanseacabó la historia, pero no duermo solo, ni duermo, y encima, aguanta al Ramos, Cristiano y Mouriño, que uno está cansado ya de tanto furgo y tanta ostia, que yo quiero saber qué va a hacer mi Real Sociedad el Sábado, y que empezaré a pensar en ello el mismo Sábado antes del partido, pero joder, no detengo el mundo por un partido de fútbol, ni siendo el del siglo, el del mundo o el de la guerra de las galaxias, que me la pela, leñe, que cada vez que pongo los deportes en la tele para entretenerme, sólo veo y oigo al Mou, al Pep, al Iker, al Alves, y la verdad, ya está uno hasta el moño.

guardiola_mourinho

Oyes Pep, me tienes roto, bribón

Con mi falta de sueño, el gol de Cristiano, mi cabeza dando tumbos con el español, español, veo al del todoterreno, y se me crispan los nervios del todo; me acuerdo de que otra vez estaremos a final de mes rascando los bolsillos, de que otra vez tendré que insistir a alguno para que me pague, que al banco todo esto se la pela, que este mes se acaban las cuotas del coche, pero que las del piso siguen y siguen, y que probablemente alguien se encargará de vendernos algo que haya que pagar a plazos, y se me relajan tras la crispación, es como una respiración profunda en yoga, aspiras aire, retienes en lleno, vacías los pulmones, retienes en vacío, y te quedas como dios… Se me relaja la crispación al darme cuenta, de que a pesar del mes, de los pagos, de rascar el bolsillo, de los apuros, me siento bien, como si todo alrededor estuviese alineado como los planetas cada un porrón de años, de manera que duermo como un niño, a pesar de los madriles; y el que lleva el todoterreno me resulta un poco más pequeño y triste, y oscuro, como los ventanucos pequeños de su tanque de ciudad, escondido tras las lunas tintadas, escondido tras sus gafas oscuras, exhibiéndose como un pavo no real. Tal vez no sea como imagino, o tal vez sí, pero me importa un bledo, yo imagino que este tipo es como yo quiero que sea, ¿o no?

Mientras la perra, la pobre, corre al baño, se agolpan en mi frente y un poco más atrás, lo del Trotiño, lo de los jueces y lo del pp, lo de la ley de partidos y lo de la ley de igualdad, lo del paro y lo de la eeeeere de telefónica, perdón, movistar que suena más molón, starrrrrrrr, se me agolpan ahí dentro las voces, las opiniones, los maltratos, que si quieres ahorrar metas quinta a partir de 50 km/h y no la metas sin protección por el tema de los embarazos no deseados, y el señor de barbas y seseos que si quiere volver al siglo pasado, que a mi aún me suena al siglo XIX, que si la democracia y las elecciones de mayo, que estoy de sus leyes y de esperas hasta el culo, que si quedarnos de brazos cruzados o saltar de una puta vez, que si los imigrantes, y no oigo más que quejas y quejas, como si esto fuera a arreglarse solo, hasta el día que no remonte y los de siempre acaben por ahogarnos del todo.

Perrilla meando

Esta otra ya hizo sus cosas antes de salir al baño público

Y todo esto, por el puto gol del Cristiano y la mala noche del español, español; la perra ya acabó, y el del tanque de ciudad hace mucho tiempo que se fué, y todo sigue, y vuelta a casa, sonriendo…

El gipuzkoanismo bien entendido, según opiniones escuchadas por el que escribe, es la habilidad de permanecer siempre en la zona templada, no decir que sí, ni decir que no; encogerse de hombros y ni siquiera decir un no sé (eso es signo de ignorancia). Un buen encogimiento de hombros es una señal de me importa un carajo, es una señal de tengo mi opinión pero no quiero que tú precísamente la sepas; en un buen gipuzkoano es una señal de equilibrio, ni blanco ni negro, ni sí ni no, en el medio se está tranquilo, goxo, goxo, sin derechas ni izquierdas, goxo, goxo, ni arriba ni abajo, eso es lo malo, que ni arriba, ni abajo, nos acaban poniendo de media vuelta para ser sodomizados, eso sí, goxo, goxo.

Aquí me surge una duda referente a mi persona. Siempre he sido un fan de lo gipuzkoano, no un fan a muerte, como esas fans de yustin biber, no un forofo del madrid o del barsa, pero sí un fan de lo gipuzkoano, de esas cosas como las camisetas txuriurdin, Arconada, la playa de La Concha, el monte Igeldo,

Jaizkibel, Hondarribia (de hecho, me doy cuenta que soy fan de la zona costera de gipuzkoa, de sus pintxos y de su olor a calamares a la romana un domingo al mediodía) ¿quiere esto decir, que irremediablemente estoy en el medio, sin frio ni calor, ni ganas de cubrirme con una manta? ¿quiere esto decir que disfruto de la sodomización de ser gipuzkoano? pues mire oiga, tal vez sea así, pero la verdad es que empieza uno a sentirse cargado y cansado de ser un sujeto pasivo, de ser tan gris que me confunden con el color medio del cielo en Gipuzkoa.

Hay días en los que uno se levanta con un poco de calor en el cuerpo, y se dice: cojones, qué ganas tengo esta mañana, de poner a parir al gobierno, al vasco, al español, al francés, al sistema capitalista y a los bobos que se quejan de lo mal que están las cosas, mientras empuñan en su mano derecha un móvil de última generación y te hacen la señal de “espera que estoy hablando con mi super móvil” con su mano izquierda. Alguien me podrá decir: “oye, tú, gipuzkoano renegado de mierda, lo que te pasa es que te pudre la envidia” – y podría ser, sí, si no fuera porque no lo es, así, llanamente, es que me he levantado así, como de caliente, como cansado del color gris de mis brazos y de mis palabras, que quiero decir que estoy un poco más que hasta los huevos de que los catalanes monten un referéndum sobre independencia y que aquí se arme la de dios es cristo por plantear el tema (eso sí, tienes que oir a los tertulianos de turno aquello de que no es momento para tal y cual, de que es sólo un referéndum, de que si la independencia como elemento de discordia, de que si la independencia como elemento opaco y conjunto vacío, anda y que les den pol culo)

 

Que sí, que quiero que me dejen decidir si soy hombre o mujer, si soy, de aquí, de allí o si no quiero ser de ninguna parte; que quiero decidir dejar de pagar a un banco, que este puto sistema castigue a los usureros que se llaman cajas de ahorro; y que me las piro que es hora de trabajar un poco, aunque tarden más de un mes en pagarme las horas de trabajo invertidas, que no es más deudor el que menos tiene, sino el que tiene más apego al gasto supérfluo… Voy a ver si en estas horas decido ser un poco menos gipuzkoano y empiezo a decir lo que pienso en vez de encogerme de hombros… o no…

Que llevaba mucho tiempo sin pasarme por aquí, ya, pero las horas y horas y horas de psicólogo van pasando factura al tiempo de computador, o sea que se van recogiendo los frutos, y ya no parece tan necesario eso de limpiar la porquería al viento. Y si alguien queda al otro lado, leyendo esto, se preguntará: ¿a qué cojones viene este ahora, si dice que ha recogido frutos de no sé qué cosecha psicológica? Pues la verdad, no tengo ni puta idea, o sí, que eso de las ideas llegan generalmente de noche, en duermevela, y uno se inspira por lo que va descubriendo en esto del internet, o sea que sí, vuelvo por que me ha salido de los huevos y porque me he reido mucho con lo que he ido leyendo por aquí y allá, y esto es así.

Club Dorothee
puro ochentismo francés

El problema real, es que no sé por dónde seguir, o recomenzar, o recomencer (tengo un gran pasado como freak que devoraba dibujos animados en francés, gracias al Club Dorothee, lo que pasa es que en su día sólo se nos decía raros, o que teníamos nuestras cosas, pero en ningún caso freaks… Los únicos freaks que yo conocía por aquél entonces, y no recuerdo ni como, eran los de una película que ya desde muy pequeñito vi, y que en su momento me causó varias pesadillas. Que digo yo que probablemente vería “La parada de los monstrous en la 2″ que por aquél entonces, como todos sabéis, era la UHF, claro.

La parada de los monstruos
One of us, one of us…

“Freaks” es una recomendación que os hago, no ya sólo por la historia de penurias, de crueldad, de amor, de desamor, de sentirse un poco enfermo, de miedo un poco trasnochado, de tristeza, de locura, que también, sino que para que entendáis lo que yo consideraba un “freak” desde hacía mucho tiempo. O sea que el hecho de conocer la palabra “freak” desde mi tierna infancia, me debía de convertir en un “superfreak”, tiene cojones, no es que me revele contra el hecho de que alguien te considere de esa manera, pues tengo que reconocer que ser un “freak” un “raro” o un “rarito”, tiene su encanto, como un aura de romanticismo; lo que me infla las pelotas son los motivos por los que alguien decide agregarte en su listín telefónico de “freaks”, y es que habitualmente, el honor recae tanto en los que van disfrazados de “klingon” con sus gafas con tirita en el medio de la montura, a todas las reuniones de fans de Star Trek, que por otra parte, ole sus huevos, porque yo sería incapaz de hacerlo y ellos con dos cojones, se plantan de esa guisa en medio de Barcelona (por ejemplo), como en los que están interesados por la informática, la cultura, o por ejemplo, la ópera, y no digamos si encima te gusta leer a Poe o ver películas francesas.

Klingon
Con un par, lo que os decía…

“Tío, a ti lo que te pasa es que eres un rarito y punto”-mira, a lo mejor sí, o a lo mejor no, pero lo que sí te digo es que me la sopla cuando pienso que para no ser un “rarito” debería renunciar a tanta belleza, o incluso a vestirme de novia Klingon el día de su boda, en una catedral venusiana, (con dos cojones, lo que decía).

Pues mira, a lo tonto ya tengo una entrada nueva, creo que sé por dónde tirar en el futuro, y que ya nos veremos en la siguiente, claro…

Así, harto y cansado de correr por caminos que no llevan a ninguna parte, un día cogí un libro con ambas manos, y decidí sentarme a leer, a aprender. Aprendes lecciones de vida y aprendes lecciones de humildad, que nada está superado ni la energía se acaba por difuminar en el espacio. Que las estrellas ya murieron en el tiempo, que de las otras que nacieron, ni nos llega ni la luz, que no hace falta creer en lo que los ojos nos enseñan como real, lecciones de humildad.

Sintiendo que cada azulejo se movía en esta habitación sin azulejos, tensé mi cuerpo, en tensión, como el que acecha encogido, dispuesto a lanzarse al cuello del enemigo, vi perros enervados rondar mi remanso de paz, vi colmillos de color de carne y sangre, arremeter contra sistemas corruptos y policías demacradas, mientras las ovejas trataban de mantenerse en pie, mientras cada palabra aprendida se diluía entre restos de cadáveres virtuales y casas quemadas.

Y ahí me mantenía, asustado como el que más, pero leyendo libros y libros, devorando palabras y palabras, como el que no quiere dejarse una sola lección por aprender, en calma pasajera, en calma forzada, con el cuerpo en tensión y el alma en proceso de pausa limitada; ahí me mantenía, cuando los ladridos empezaron a menguar, cuando el naufragio y la zozobra pilló desprevenidos y en bolas a los doberman disfrazados de paisanos, de vecinos de buen rollo que ven que yo te digo, que juntos vamos a ser la ostia; hete ahí que en mis lecturas se calmó mi espalda…

Así que después de la intensidad de la batalla de la rabia y la frustración, después de santos, devotos, oradores, ladridos y colmillos ensangretados, paré un momento a observar, con un dedo en la página del libro, para marcar el lugar donde había dejado de leer. Miré, miré con profundidad, y vi que todo seguía más o menos como estaba antes, sólo que había algunos cadáveres alrededor, y que los doberman se habían transformado milagrósamente en corderillos complacientes. Con un suspiro y una negación, seguí con mi lectura…

Es una fortuna que seamos capaces de aprender lecciones de humildad de vez en cuando, pero una lástima que siempre las aprendan los mismos…

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Así seguía enfrascado en aprender y tratar de entender, los libros me hablaban de maneras que yo no conseguía descifrar, debía de sentirme espeso aquella mañana, espeso como Paladín a la taza, como un paladín o paladina empuñando lanzas y espadones tan pesados que yo ni siquiera podía soñar en sostener. Y los corderillos, balaban tan lastimosamente, que no pude menos que levantar mi cabeza de nuevo hacia el prado…
Madre mia, qué sorpresa pudo recorrer mi nuca, qué sorpresa más loca pude beber con mis ojos; que donde antes había guerreros y lanceros, lanzarotes y soñadores de armaduras brillantes y pulidas, resulta que ahora encontré algo similar a una procesión de semana santa, venerando como santa a quien nunca quiso ese manto; una procesión con sus cirios, sus celebraciones, sus oraciones, sus reverencias y sus lastimosos perdones; toda la calle estaba engalanada de colorines y banderolas, y en medio, la santa que no quería serlo, la Magdalena, rodeada de flores y floreros, angustiada y sin saber cómo coño salir de ese cuadro…

Y yo me decía para mi mismo, ya que nadie entendía lo que trataba de explicar: ay María, cómo coño has llegado ahí arriba, dime cómo coño te han estampado en una tela, cuando nunca llevaste un manto de color carmesí, y nunca quisiste grabar epitafios en una lápida para que la compañía del santo dolor de las causas perdidas y pendientes hiciese procesiones cada año o cada mes, según calentase el sol que más calienta… Dime María, qué haces ahí arriba, asustada entre fieles y fogatas de redención, dime cómo coño llegaste ahí…

Casi mejor que vuelva a mis libros, que cada vez que levanto la cabeza es para pegarme un ostiazo y descojonarme ante lo que se me aparece entre mis dos cejas, que uno no está ya para andar adorando santos y santas, que se está muy bien en este rincón de la playa, observando desde la lejanía de mi realidad…

Sales de casa, el coche arranca como cada día, sales de casa y sabes lo que vas a encontrarte, pero sales de casa, como todos los días que sales de casa. Arrancas el coche, sin problemas, las canciones cantan autorretratos, dependiendo del ánimo con el que las escuches, pero sabes lo que te vas a encontrar en cuanto subas las escaleras, sabes lo que hay detrás; soy la ostia, no, soy un esclavo, no, soy una mierda que se deja caer con el ánimo por el suelo y con la mala leche agotada, soy uno que se deja llevar por lo que parece no acabar, por lo que parece torcerse y retorcerse para convertirse en un laberinto, hasta los huevos.

Abres las puertas, llegas donde tienes que llegar, para que todas las tardes, para que cada mañana, sea la misma puta mañana, la misma puta tarde, con una losa sobre la espalda, con ninguna gana de rebelión, con ninguna fuerza de lucha; cada día, cada día, tras la promesa, tras esas promesas que sirven de escudo, de defensa ante lo inevitable. Caes en desgracia, en desgracia por las razones que sean, caes en desgracia, y empiezas a construir un Muro, como en aquél famoso disco de Pink Floyd, como en aquella gran película de Alan Parker y Roger Waters, un Muro que ladrillo a ladrillo te aisla y te anula, te apaga y te ahoga.

Día tras día, la promesa, llegar, quieren verme trabajar, quieren verme cargar, limpiar, lejos de las sillas, quieren verme sudar, quieren verme lejos de las canciones, que nadie tenga un solo motivo para dudar de mi, y a sabiendas de que da igual lo que haga, esa promesa de hacer lo que ellos quieren, aunque  tenga que llevar una sonrisa idiota, aunque me deshaga a media tarde, o a media mañana, que los compañeros me vean a su lado, aunque luego tras las palmadas y los halagos, vengan las puñaladas de quien es ajeno a todo lo que tiene alrededor.

Somos dos, somos dos, y tengo que ser yo el condenado, tiene cojones, pero es así, acéptalo, no creas que es una persecución, ya no quedan inquisidores de cruz y hogueras, todo está en tu cabeza, todo está en mi cabeza, y mientras subo las escaleras, como de costumbre, todo lo que había trabajado ayer, se tiene que volver a hacer; qué cómoda tiene que ser la vida del que tiene todo hecho, qué cómodo el saber pasar de todo, y el ser capaz de mirar por encima del hombro a ese esclavo que te limpia el culo mientras te hace una buena mamada… Qué cómodo tiene que ser parecer un gilipollas, ser un cabrón, y tener las espaldas anchas como para acabar con una sonrisa con tus competidores. La condena pesa, y se apaga la luz, cada mañana, cada tarde, se acaba convirtiendo uno en una máquina sin capacidad de reacción.

Reuniones a media primera hora de la mañana, reuniones sin saber qué decir, reuniones para ver la cara a todo el que desprecio, reuniones en las que seguir sintiéndome vivo, donde vuelve a despertar toda esa ironía, done la sangre vuelve a fluir con mala leche; qué absurdas son las reuniones donde se habla y se habla, y no se dice absolutamente nada; qué transparente es la gente que habla demasiado pretendiendo saber lo que en su puta vida sabrá, qué fácil caen los de ego exagerado en las redes de quienes tienen la boca llena de halagos vacíos… Y que de dos, sólo uno sea condenado, es sentirse el Barrichelo de Brawn, el Webber de Red Bull, te vamos a joder, porque al otro no se le puede tocar, y tú te pasas de listo…

Sales de casa cada día, sabiendo que el próximo día será aún más duro, pero ya narcotizado por la dejadez, ni quedan ganas de hablar, ni de protestar, ni quedan ganas de querer salir, y sólo quedan los ladrillos que van a pagando los ecos de ansias de escapar, y busco culpables donde no los hay, porque es más fácil buscarlos fuera de las paredes que he construido.

Me queda la pena de no haber sido quien hoy soy, me queda la angustia de no haber podido jugar al mismo juego, de haberme refugiado detrás de un Muro que ya cayó, de no haber sido el que se va en dirección contraria gritando que os jodan, pero cada día que subía las escaleras, que abría puertas para descubrir que efectívamente, nada cambiaría, que tenía que ser fuerte, que los días pasarían, aunque entonces no lo creyese, cada día que pasé levantando un Muro más y más alto, fortalecí mis brazos y mis piernas, fortalecí mis ganas de escapar; es la estrategia del paciente, la estrategia del que poco a poco va cavando un pequeño agujero en ese Muro, sabiendo que un día llega, y que se sale y que entonces se siente más vivo que nunca… por cierto, dónde quedan los compañeros que dan palmadas y puñaladas a dos manos…

No hay como un café y una buena canción de las instrumentales que recuerde a montes y Primaveras, casi con olor a hierba recién cortada, y con rayos de sol pasando entre las hojas de los árboles, para sentirse que uno disfruta de la vida, que es capaz de apreciar y agradecer estos momentos que aparecen detrás de las esquinas de vez en cuando. No hemos acabado de limpiar todos los botes, pero casi, y francamente, a quién le importa si en un inoportuno salto me he plantado en este valle.

Lástima que estos valles nunca duren todo lo que uno desearía, están hechos para aguantar ahí hasta que despertamos, joder, los despertadores que son los telefonazos que te devuelven a la realidad del hoy, son causa de estrés y seguro que de más de un caso de disfunción eréctil (ya que estamos tan al día de este problema gracias a la publicidad televisiva) Vivimos el día a día como si no nos llegaran las horas ni la respiración, a toda velocidad, vivimos pendientes de la llamada, del mail, pendientes de la última noticia de mañana, para sentirnos atrapados en el ayer.

Atados como el enfermo que necesita de la inyección diaria, o de la máquina enchufada, como el adicto al juego, a las drogas, al sexo o al facebook, atados al progreso mal entendido, atados a la competición y a la competitividad, intentando asimilarlo, intentando correr al mismo ritmo que los avances que mueren antes incluso de nacer. Tuve un profesor en la Escuela de Diseño de Donosti hace mucho tiempo, el gran Manolo, que me enseñó a dibujar puertas, edificios, fijarme en los detalles de los puentes, y ser capaz de escalarlos; pero sobre todo me dejó grabada una de esas frases que alguien te deja grabada a lo largo de tu vida: “Esta vida corre muy deprisa, y cada vez más, corre tanto que creo que ya no somos capaz de alcanzarla”. No creo que estas fueran las palabras exactas, lo dudo, pero sí el significado de lo que me dijo.

Manolo, Manuel, era de esos profesores de cigarro en mano, que pasaba al lado de todos los alumnos mientras hacíamos nuestros bocetos en la calle, y parecía que disfrutaba con lo que hacía. Enjuto, y con mirada de buena persona, siempre con una conversación en los labios, siempre con una sonrisa predispuesta; una persona de las que no quedan muchas hoy en día, pues como el decía, el tiempo nos está comiendo a todos, y se está comiendo nuestros pequeños momentos de placer.

Manolo ya murió, me enteré uno o dos años después de acabar Diseño, y por suerte para el, supongo, la vida se lo llevo a otro lado, a otro momento, a otra vida o lo que sea, sin saber hasta dónde seremos capaces de correr, hasta dónde las prisas se nos llevarán por medio. Creo que tenía razón en cuanto a lo rápido que va cambiando todo nuestro entorno, creo que la velocidad a la que se mueve este mundo nos está volviendo de esta manera tan amarga, nos está robando los valles y las noches sentados en algún soportal mirando las estrellas e incluso la Luna, y desde hace ya mucho tiempo, el estrés y su puta madre, y ese ansia de competitividad, y ese querer ser, tener, saltar, llegar, ganar, más que nadie, está acabando con la parte noble de la humanidad, que la tiene, que incluso hoy en día la tiene.

Nadie se libra de este remolino que cada vez es más y más grande y más y más rápido, aunque algunos tratemos de vez en cuando de cogernos a una rama y saltar a una isla para mirar las ramas de los árboles. Pero seguimos colgados como el jonco entre las cajas de pescado que solía pincharse caballo allá por los 80, cuando de niños jugábamos cerca de jeringuillas y los mirábamos con cara de susto, como quien ve un muerto en vida; seguimos colgados del móvil, del facebook, del mail, de las prisas por ser los más rápidos, valientes y grandes en lo nuestro, las prisas de ser quien por nuestra condición de ser humano, no podemos ser, y así nos va, cada vez más arrugados, cada vez más disfuncionales, cada vez más viejos, amargados y con problemas de erección.

Si ya me lo decía el gran Manolo, que corremos mucho, que corremos demasiado… Un saludo, allá donde estés, si estás…

Miraba el reloj, pensando en que ya es demasiado tarde para seguir despierto, pero esta es una de esas noches en las que necesitas escribir algo, cualquier cosa, antes de marchar a la cama, como si lo que ronda la cabeza no te dejara cerrar los ojos y descansar; ayer o el día antes de ayer, uno de estos días me fui hasta uno de los años noventa, hace ya algún tiempo, y recordé la palabra “respeto”; en su día no comprendí cómo esa persona que me hablaba tras alguna caña o algún licor, o alguna copa (seguro que era más de una copa, estas conversaciones siempre se llevan a cabo al amparo de las copas y la noche) reivindicaba el correcto uso de la palabra respeto. Recuerdo que decía casi airado, casi con un cabreo de pelotas, que el no respetaba. -No respeto a quien no lo merece-clamaba. Creía profundamente en el significado de las palabras y en su correcto uso, y cuando se hablaba de respeto, había que estar bien enterado de a qué nos referíamos al citar dicha palabra.

Ya sabéis que un Sábado por la noche se respeta a todo Dios, se quiere a todo el mundo y se comprende a todo aquél que se sienta al lado; claro, llegados a este punto, y hoy lo veo claro, esta persona decía respetar a todo aquel que realmente el y sólo el consideraba que se había ganado ese respeto, con dos cojones, y la verdad es que en su momento no lo entendí, para mi el respeto era una palabra que había que anteponer al hecho de conocer a alguien, el respeto venía dado con uno mismo y no dependía en un primer momento de la persona, pero hoy soy consciente de que probablemente yo confundía “respeto” con “educación”.

Si en su día hubiese escuchado, probablemente me habría evitado mostrar respeto a gente que no se merecía respeto alguno; hoy en día sí estoy convencido de que el respeto es para aquél que se lo gana, es para aquél que se lo merece, porque todos tenemos a nuestro alrededor, personas absolutamente respetables, personas que se lo han ganado; el dar armas a quien no las necesita y menos las merece es un error enorme, porque efectívamente, tal y como un Sábado por la noche me contaban por ahí, no se puede respetar así por así, de gratis a todo Dios, se respeta a quien merece ese respeto.

Y es que cuanto más salto hacia otros sitios, más claramente veo que pervertimos y ninguneamos el significado de las palabras, y las usamos sin pensar en lo que estamos diciendo, al fin y al cabo es mucho más fácil decir mil palabras sin decir una mierda que hablar una frase y que te entiendan; reivindico el respeto para el que lo merece, y a los demás, pues que les den; también reivindico la puesta en marcha de los auténticos foros sociales en los que se pueden llegar a resolver los problemas cercanos y lejanos: los pubs y bares con taburetes al lado de la barra y tres copas, foros sociales donde se trata con el respeto que dan los rones y los vodkas con lima, cualquier tema por muy pequeño y grande que sea, normalmente entre cientos de patinazos, y entre miles de verdades como puños; reivindico la vuelta a los bares con sitios donde sentarse un Sábado por la noche, y saltar como locos a través del tiempo, que tanto discopub de los huevos mata el ingenio.

Como reflexión de hoy, me quedo con el precio de las palabras y con otra de esas verdades que en su día un trabajador (banquero decía él) del BBVA, me contó entre trago y trago de vino. Según él, que estaba realmente cansado de lo que veía en el banco (reconozco que no recuerdo claramente esta parte, lástima que no guardara el esquema que tan amablemente me hizo en una servilleta de papel) y decía con gran alegría y sobre todo esperanza, porque de verdad que se podía sentir su esperanza, que estábamos a las puertas de una gran revolución tras tantas y tantas revoluciones que habíamos vivido los seres humanos (tecnológica, industrial, etc…) la revolución del amor… Así la llamó, la revolución del amor; pienso que a lo mejor trataba de ligar conmigo, pero yo ni me enteraba, y la verdad es que me gustaron antes las mujeres que los señores, perome quedó grabado aquello de la boca de un banquero: La Revolución del Amor…

Estoy sentado delante de una pantalla que no resuelve nada, ni las dudas ni las frases a medio terminar. La imparcialidad no me lleva a ningún lado, pero me deja tranquilo, al menos duermo en paz cuando duermo en paz, y no oigo más sonidos por la noche que los de los coches que cruzan la carretera de vez en cuando ahí abajo.

Las lagunas de los recuerdos cada vez son más profundas, es un buen síntoma el notar cómo tantas historias se confunden con la niebla del olvido, es un buen síntoma no sentir, sobre todo no sentir tanta mala ostia ni tanta mala leche que se acumuló en algún sitio de mi cuerpo,  es un buen síntoma que conlleva la inacción y eso es lo que crea las dudas en mi, la inacción; hablo de saltar por entre las cintas del espacio y el tiempo, con el fin de crear a mi alrededor una realidad de acuerdo a lo que yo quiero, pero mas bien se diría que me dejo llevar infinítamente para saltar sólo de palabra, para imaginar y para recordar, no para solucionar o tomar alguna determinación concreta; es en estos momentos cuando comprendo la complejidad de los verdaderos saltos en el tiempo; la inacción, el miedo al movimiento, el permanecer cómodo en mi esquinita, ahí, con los susurros de compañeros, sin que nada ni nadie me afecte demasiado, con una sonrisa y un espejo…

De la misma manera, también es una elección el quedarse de pie en la película de cine de Verano, de pie dejando que el guión me lleve donde tenga que llevarme, eso sí, quejándome casi en silencio al guionista, quejándome entre dientes a toro pasado, cuando ya he tragado tanto que no puedo digerir más y vomito cada palabra, cada mal trago, así, como se vomitan las cosas, como una maraña de todo, una mezcla desagradable que escuece la garganta y siempre huele mal; joder, soy como una botella que se va llenando de porquería hasta que no puede más, revienta y vuelve a empezar, es completamente absurdo, es una inutilidad, ese es el tipo de inacción que me revienta.

De qué sirven las quejas si uno ya no puede hacer nada. Bien es cierto que soltar lo que hay dentro es vaciar la botella, pero parece que uno nnc termina de vaciar esa jodida botella, podría pasar toda mi vida y mis siguientes reencarnaciones paralelas vaciando botellas como un bobo, y no es lo que más me apetece; prefiero aprender a evitar que la botella se llene, joder, a enfrentarme con la frente alta; pero se me atenazan los pensamientos, se me tensan los músculos y se me borran las palabras, joder es miedo, es miedo al enfrentamiento, miedo a ser incapaz de razonar cuando entro en estado de cabreo, miedo a tener razón y no saber defenderla, miedo al bloqueo; hay situaciones que uno mismo deberia ser capaz de resolver, y creo que tanta mierda que he tragado la podría haber evitado sentándome a poner las cosas claras encima de la mesa a quien correspondiera; al menos me habría quedado tranquilo tras el enfrentamiento, lo sé porque siempre que he conseguido hacerlo de esa manera he salido reforzado y absolutamente tranquilo.

Ostia, todo lo que podría haber cambiado si en vez de contestar tras tanto aguantar al personaje que me hizo limpiar miles de botes, lo hubiese cogido por banda y le hubiese expuesto mis razones. Le habría dado igual, probablemente, pero yo habría dado un paso al frente de otra manera; si en vez de estarme quieto por el qué dirán me hubiese movido hacia donde quería ir; pero no es fácil, ni tiene por qué serlo. Las soluciones siempre aparecen cuando el tiempo ha pasado, las respuestas siempre llegan cuando uno respira tranquilo en la esquina de su habitación.

Bilbo, recién llegado de Hondarribia un Domingo por la noche, a mis diecisiete, con el dinero de la semana en el bolsillo, que hay que irse al piso y ponerse a estudiar, y que el metro no espera; alguien me sujeta el brazo, con una sonrisa y algo que no cuadra, un gesto, una premura… Me quito los cascos para atender con una sonrisa, atender que me están robando, a mis diecisiete, acojonado en medio de Bilbo, sin nadie alrededor que me eche un cable, sin nadie que mire en mi dirección, porque saben lo que hay; como no me des lo que llevas encima te pincho, ojos como platos, me tiemblan las palabras, no me lo creo, no me lo creo, me tiemblan las palabras, ni sé lo que digo; como no me des lo que llevas encima te pincho; no hay pinchos, ¿llevará una chaja? ¿una inyección? ni lo sé, ni me importa, el dinero de mis aitas se lo lleva el valiente del pincho, y sólo me queda valor para pedirle que me deje por favor algo de suelto para coger el metro a Leioa, que está lejos de cojones… Manda huevos, el tipo me devuelve el suelto; la impotencia que genera, la indefensión, la debilidad y el miedo; sí, es un puto atraco del tres al cuarto, pero a mis diecisiete era mi primer puto atraco, y la siguiente semana tenía que volver a pasar por ahí, y la siguiente, y no sé cuántas semanas me pasé mirando en todas direcciones; las soluciones y los qué se podría haber hecho, todos esos vinieron con el tiempo, lo dicho, a toro pasado todo son soluciones…

Desprecio el tiempo que tengo en mis manos para poder seguir construyendo lo que quiero tener mañana, pero no rompo del todo con lo que me he marcado, no rompo porque no quiero irme de aquí, que estoy muy cómodo, sin alas, con alas, según sople el viento, escribo y purgo y escribo y desaparezco por un tiempo. Bonita manera de romper con lo último que escribí en este sitio; salí despedido de una de las cintas del tiempo y el espacio y fui a parar a una nube rosa de caramelo y algodón, donde se descansa por un tiempo antes de seguir peleando contra lo que me de la gana.

Se me pausó la mala leche porque me acordé de lo que merece la pena, y la verdad es que como dijeron las Vainica Doble, “mañana será otro día, no faltará un caracol, yo no cambio bananas por mi limón, yo no cambio tu salmón por mi salmonete… ” me doy por enterado, cada uno está en su casilla del tablero, viviendo la vida lo mejor que puede y sabe, lo mejor que le dejan, cada uno en su casilla, cada uno con sus libretas de tomar apuntes y cada uno tomando el sol como le parece.

Ya durante los últimos días en la fábrica, -salto a los últimos días porque lo recordé esta semana, tendré que volver a saltar en el tiempo hacia atrás de nuevo- sucedieron que se sucedieron varios hechos, muchos hechos, tantos que no creo que mi memoria, que ya de por si es un desastre, lo recuerde todo con la claridad suficiente. Sucedieron hechos que no me decidí a aceptar, y sucedieron hechos dolorosos, y sucedieron hechos peligrosos, merecen muchos capítulos, o días de escritura, tantos, que tomé la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo, la de salir de aquél agujero. El desencadenante, no lo puedo recordar, sé que ocurrieron demasiadas cosas a la vez: la razón por la que entré a trabajar en ese sitio ya había desaparecido, también se había ido la persona gracias a la cual había llegado, el antiguo gerente hacía tiempo que lo habían largado, la oficina en la que había estado trabajando durante los últimos cinco o seis años había sido eliminada de un día a otro… Lo mismo que el rincón donde hacía las pantallas de serigrafía, un cuarto oscuro que más de una vez me sirvió como rincón de escape, donde poder pensar, respirar e incluso llorar tranquilo. Era una época de metamorfosis, de un profundo cambio, como una larva que intenta convertirse en mariposa, así quedó aquel lugar, pero en su cambio, en su cambio salieron tantas ratas y tanto veneno, tantos ingredientes podridos, que en vez de una mariposa, surgió un gusano, que como no tenía con qué alimentarse, comenzó a alimentarse de si mismo; hoy en día sigue devorándose poco a poco, y así morirá.

No comprendo, probablemente sea por mi ignorancia, porque no entiendo los entresijos ni los entramados complejos, porque soy un simplista, pero no comprendo cómo un lugar que lo mejor que tenía era la total, o casi completa autosuficiencia para crear desde cero un objeto completamente terminado, cómo es posible que por una cuadratura y una regla de menos tres, la transformación comenzara por comerse aquello que le hacía tan valioso, aquello que lo hacía diferente, para convertirse en otro más del montón, aumentando así la competencia y las exigencias en cuanto a precios y productividad; repito, yo no soy ningún genio, es más, seguro que hay mil razones, pero yo lo veía así de claro: si a una mariposa le quitas las alas en vez de hacer que las alas crezcan y sean más bellas, pues se convierte en gusano.

En cuanto a la oficina, pues desapareció en la transformación; recuerdo la tarde anterior, preguntando a todos los encargados de la transformación, si se iba a tirar abajo la oficina y el rincón de hacer pantallas, pues había oído un runrun, ya sabéis qué pasa cuando hay un runrun; toda la tarde anterior corrí de izquierda a derecha, de arriba a abajo, intentando informarme sobre lo que se iba a hacer, y si algo me quedó claro antes de marchar a casa, es que no se iba a tocar por el momento ese rincón. Supongo que”por el momento” acababa a eso de las diez de la noche, porque al día siguiente, cuando puse el pie en la fábrica, descubrí cómo la oficina y el rincón habían desaparecido entre polvo y restos de metal, entre madera y astillas. Así, con los ojos abiertos como platos, y con el alma por los pies, me ves recogiendo de entre los escombros, todo el material que pude rescatar del rincón de las pantallas, todo el material que yo tenía organizado, convertido en un caos sucio y abandonado, y yo sin rincón para llorar semejante afrenta, ni nadie a quien pedir explicaciones. Había que reconstruir todo lo que había caído, porque evidentemente, el trabajo no había acabado, la transformación continuaba, lo que yo no podía imaginar es que los tornados entraban en los lugares oscuros para hacerlos aún más oscuros y fríos.

El tiempo se pasa, las cintas ondean a mi alrededor, como látigos que chasquean a izquierda y derecha, flashes de la memoria me cortan la respiración, no te contaré hoy lo de la chica que tuvo que renunciar a su derecho, ni de las mil veces que me dormí al volante de puro estrés, ni te hablaré de las carreras, ni de los derechos pateados de las mujeres, ni hablaré de las palmadas en la espalda vacías de sentido.

Me miro a las manos de vez en cuando y no paran quietas, tengo la misma manía de dejar las cosas para última hora, porque así es como parezco funcionar, bajo una presión que no ahoga, pero que da sudores fríos y algún que otro dolor de cabeza; sólo necesito una canción o dos para poder ir de cinta a cinta, y hay muchas canciones que no puedo seguir escuchando, como si la memoria las hubiese transformado en una especie de terreno espinoso y prohibido por el que pasar; pero soy cabezón y me empeño en escuchar y volver a escuchar, y de esa manera trer de vuelta todo lo que de bueno tienen esas canciones, si antes ya me gustaron, por fuerza deben de volver a hacerlo, a pesar de la memoria. Necesito tatuarme un bando de gaviotas en la espalda, alejándose y volviendo, algo que simbolice el constante ir y venir de lo que cada uno pasa en la vida, porque así es como lo siento, todo se marcha y vuelve de una u otra manera, como reclamando el antiguo espacio; intento y no dejo de intentar aprender cada día, y cada día debería de dar las gracias a la Madre Tierra (sobre mis paranoias teológicas y demás lo mismo me da por hablar un día, lo mismo no, pero resumiendo, somos de donde venimos, sí, resumiendo mucho mucho…) digo que debería de dar las gracias por las lecciones que salen a mi paso.

Creo que a todos nosotros nos asaltan las mismas dudas, creo que todos nosotros tenemos los mismos miedos primigenios, incluso las mismas obsesiones, pero los caminos y las cintas a las que elegimos saltar (cuando podemos elegir) hacen que los miedos sean más o menos, que las obsesiones varíen, que las dudas se vayan resolviendo o no. Yo sólo puedo hablar de lo mio, que de lo que pasa por los demás no sé nada, y siempre procuro no hablar de lo que no sé, como ya he dicho alguna vez antes.

Hoy pensaba ir hacia atrás, pero no muy lejos, pero a medida que que pasaban las palabras me he dado cuenta de que tengo tal cacao con respecto a mi pasado más inmediato, que aún no puedo meterme en semejante terreno; la parte importante es que hoy por hoy, y vuelvo a este presente, los días se sostienen enteros y de pie, incluso orgullosos, a pesar de las canciones que me recuerdan que ha habido lecciones duras, muy duras, y no sólo para mi. Si oigo lágrimas en la habitación de al lado, porque mi niña está teniendo un sueño, me levanto de un salto, y la arropo con cuidado de no despertarla, y ver esa tranquilidad en su cara dormida es más que suficiente para sacarme una sonrisa de oreja a oreja, no hacen falta fuegos artificiales, y hasta las canciones que antes eran prohibidas, se transforman en algo totalmente diferente, porque como digo, las canciones que antes de ser recuerdos, eran excelentes, lo siguen siendo cuando dejan de ser sólo recuerdos.

Finalmente he decidido no ir atrás, y resulta que me he quedado en hoy mirando a mañana con una sonrisa, la una menos cuarto de la noche es una hora tan buena como otra cualquiera para sonreir. La verdad es que este último año y medio pasado a excepción de momentos puntuales, ha sido un tiempo de cambio brutal y de cambio a mejor, aunque como siempre y eso es algo que no cambiará, nos queda mucho para aprender, nos queda un mundo para disfrutar todos los días, porque nos perdemos demasiado entre las riñas absurdas y los detalles tontos, en esa actitud de niño  cabezón que se encierra y sólo sabe sacar la lengua y mañosear, nos perdemos demasiado en enredos que no tienen fundamento alguno sin pensar en lo cerca que estamos de una sonrisa, de sentir felicidad. Hoy me quedo en donde estoy, tan tranquilo, intentando aprender de todo lo que se mueve alrededor, y lo más importante, intentando enseñar de lo que voy aprendiendo, intentando hacerlo de la mejor manera posible. Llega el Verano desde el Este y no me siento con ánimo de cubrirlo de nubes, ya si eso mañana lo haré, pero dejadme que hoy sólo me acerque a la habitación de mi niña para mirar su cara dormida, y quedarme como un bobo mirando con una sonrisa en la cara, y saborear un poco más de la felicidad…

El despertador suena, pero es demasiado temprano para siquiera pensar en destaparse, las cuatro y media de la mañana, me juego el cuello a que las carreteras aún no están puestas, los ojos me pesan, me pesa la angustia, y nada más despertar (incluso ahora que me lo imagino) me tomo el café oliendo a plástico fundido, a pinturas y a ropa usada. Aún no me he casado, aún no me han dicho que soy diabético, son otros días diferentes, desayuno lo que me sale de los huevos, miro hacia otro mañana, y la vida parece dibujada de manera linear, una secuencia de mañanas, una secuencia de acontecimientos sobradamente escritos; no es un día en concreto, es un día en general, un día en el que aunque puede ser Verano, a estas horas hace demasiado frío para desnudarse y vestirse la ropa del curro, el coche me espera y arranca suave, nunca falla, es fiel como las citas semanales con la gasolinera; la monotonía de los cuarenta minutos es agobiante, los portugueses y los marroquís que llevan conduciendo durante demasiadas horas son un riesgo más, frenazos de última hora, despistes y coches cargados hasta lo imposible circulando marcha atrás por el arcén; una película de Santiago Segura concentrada en unos metros, llena de topicazos, pero tan real que da miedo visto desde casa.

La llegada y los saludos dormidos, las escaleras y más saludos dormidos, el nudo en el estómago por ver cuál será mi tarea de oy hasta que llegue el jefe, aún en esa época temía más al que estaba justo por encima mio, habrase visto persona más incompetente, pero qué cojones, a el le valía para seguir con su vida; recuerdo la impotencia de las mujeres que estaban currando conmigo, ni siquiera se atrevían a preguntarle cuando dudaban, escapaba de mi entendimiento toda esta situación; me coloco en el puesto, tengo que colocar pegatinas en unos paneles, cada tirada durará aproximadamente dos horas, y espero que haya pegatinas suficientes. Voy a buscar las piezas, o preparo las tintas, organizo el espacio de trabajo, y aún son las seis y cuarto de la mañana, las caras de la gente que me rodea son las correspondientes a esas horas, el olor del tabaco, los primeros cafés, y los disolventes, se entremezclan como una droga para avisar de que la jornada ya ha empezado.

Cada pieza lleva su pegatina, cada pegatina en su hueco, cada pieza lleva su pegatina, cada pegatina en su hueco, cada pieza lleva su pegatina, cada pegatina en su hueco, y para cuando te quieres dar cuenta ya son las siete y media y ha llegado el encargado; ni un hola, ni un saludo, sólo un qué tal va,  si se tercia; pienso que la educación (la buena) es básica para el buen funcionamiento de cualquier organigrama, desde una casa hasta un parlamento, es más, creo que es necesaria para el entendimiento y un primer paso a un diálogo entre personas; por supuesto, esta mañana tampoco hay un saludo, como todas las mañanas, me pregunto si no estaremos a su nivel, me pregunto si es que seremos sombras en la pared, o si acaso no duerme, o si es que es un mal follao, cada pieza lleva su pegatina, cada pegatina en su hueco…

La hora de otro café, y baja el gerente, tampoco estamos a su altura por lo que se ve, va bien escoltado, lleva una especie rara de ave en el hombro, es un lorobuitre, de esos que nacen con un solo propósito, volar y volar alto para comer todo lo que puedan hasta reventar, luego buscar una rama de un árbol desde donde buscar más presas muertas para seguir comiendo, y así toda su vida, haciendo lo que mejor saben hacer, que es decir lo que los gerentes quieren oir, para poder atraer más y más presas que comer; ahí va, bien subido a su rama actual, acechando y esperando al momento de cambiar de hombro y de chaqueta; el gerente busca respuestas, busca explicaciones, será que no le salen los números, nadie le explicó que los números son caprichosos, que los números cuando no miras, se ponen a bailar como les da la gana; hay que hacer más, utilizar menos gente, algo hacemos mal, seguro, se tiran demasiadas piezas, joder, pues dile al de la máquina que las haga bien, o que les quiten las putas virutas, necesitamos vitaminas, no tiritas para tapar las heridas.

A partir de las diez de la mañana, las horas no pasan, el tiempo se para, cada pieza lleva su pegatina, cada pegatina en su hueco, cada pieza lleva su pegatina, cada pegatina en su hueco, se para y no puedo dejar de mirar el reloj, es una especie de tortura creada por alguna mente retorcida, debe de serlo… Entre broncas, dos o tres al día, y piezas que van a la basura, y tinteros a limpiar, poco a poco se van pasando los minutos, y a la una y media, la sorpresa de las horas extra, en mi caso, un premio, ya que podré disfrutar como un loco con el ordenador, porque hay que hacer dibujos para uno de los clientes, dios, que suerte tengo, sólo dos horas más, y ya serán las cuatro de la tarde, para más cojones tengo que compartir la oficina con el gilipollas del encargado, tócate los huevos… Finalmente todo llega, la salida, el coche que me espera, y cuarenta minutos de vuelta a casa, y ahora el peligro no sólo son los portugueses y los marroquís, ahora yo también lo soy, porque se me cierran los ojos y no puedo parar; las cuatro y media de la mañana es muy temprano, y mi mente ya no está, pero como cada día, tras uno o dos sustos, llego a casa y todo acaba, hasta mañana, hasta pasado mañana, hasta el día pasado de pasado mañana; meto primera, abro la puerta del coche, y pongo un pie en la calle, hace un bonito día de Julio, ya llegarán días mejores…

Una de las sensaciones más curiosas, de la que antes he hablado, es la dormidera que va recorriendo mi mente según pasa el tiempo; la anestesia contra los males del fracaso, de la presión, contra el mal de las ilusiones que se pierden, quizás porque dejan de ser tan ilusionantes, quizás porque uno ya se siente cansado de tantas palabras que caen en el vertedero del fondo Sur. Es la dejadez, la deceleración progresiva hasta una parada inminente, dejarlo arrastrar hasta que falto de fuerzas, ya no puede avanzar. Tal y como avanzaba anteriormente, las grandes promesas son grandes cuando se convierten en algo tangible, algo que llevarse a la boca, no firmas que no llegan entre tardes de esperas, no son grandes hasta que se disfruta de lo logrado, así que una vez más, los grandes proyectos quedan aparcados, hasta que una llamada de teléfono me despierte de la siesta y me diga: “agárrate, esta vez va a ser la ostia…” y entre ostia que viene y ostia que se va, cada vez me da más pereza coger el teléfono.

Esta dormidera debe de llegar con el paso del tiempo, sí, no es algo que venga de serie, desde que naces, me lo imagino como una costra que envuelve el corazón (como si el corazón fuera el depósito del alma) y que poco a poco se vuelve más y más impenetrable, cada vez más y más dura, sin poros, sin huecos, hasta que corres el riesgo de que ahogue lo que quede dentro. He notado, no físicamente, claro, mentalmente, cómo ha ido haciéndose fuerte en estos dos últimos años, es más, creo que en este último año y medio; cada vez las desilusiones son menos, las heridas son tristes arañazos en la piel, hay cosas más importantes por las que merece la pena despertarse cada mañana, ¿verdad Ariane? hay cosas mucho más grandes por las que merece la pena detener el tiempo y tirarse al suelo entre dados de esponja y muñecos de colores.

Es una cuestión de valores y prioridades, yo poco a poco voy viendo lo que quiero ser, lo que soy, lo que de verdad importa en mi línea de la vida, de verdad me siento capaz de escribir capítulos de ese libro de la ruta de la vida, reescribirlo desde el comienzo, y contestar con una sonrisa a la siguiente llamada de teléfono, y como Santo Tomás, no creerme lo prometido hasta no tocarlo con la yema de los dedos y no meter el puño por el hueco de la lanzada. Estoy un tanto harto de la falta de humildad que me rodea, un poco cansado de tener que soportar aunque sea de lejos, la soberbia de quien habla más de la cuenta para no decir nada en absoluto, y la dormidera ya me cazó después de mucho tiempo.

Aún recuerdo cada día en los que conducía hacia la fábrica, cantando canciones en el viejo Clio, cassettes de esos que ya no se ven, pensando que segúramente ese día sería distinto, o que esa semana seguro se darían cuenta del trabajo que hacía, o que probablemente habrían entrado un huevo de nuevos planos para dibujar, que el almacén seguiría ordenadito, tal y como lo había dejado el día anterior, que habría material para hacer cada una de las piezas a fabricar, que mi compañero, no, compañero es otra cosa, que mi lo que sea de trabajo, esperaría con el material preparado, ilusiones, ilusiones entre canciones, ilusiones de que las cosas mejorarán, ilusiones entre las ilusiones, en momentos en los que no había costras alrededor del corazón, en momentos en los que volvía a casa con el alma en los pies, cargando contra todo lo que tenía delante, como un gilipollas cualquiera, impotente, buscando el apoyo que llegaba dos veces sí y una vez no (no hay dinero que pague la santa paciencia de quien aguanta a mi lado) y aún así, volviéndome a despertar con ilusiones renovadas.

Todo eso se fué en un salto de compás, en un suspiro hacia adelante, y ahora cuando se derrumba el castillo de poder participar en algo grande, ni siquiera me cabreo, porque sé que lo único que ha caido es un castillo construido en el aire, hecho de ladrillos de nubes y de paredes de bruma…

*(Relato enviado a una publicación en la que piden microrrelatos de ciencia ficción, podría incluso ser uno de mis saltos en el tiempo, hacia un futuro quizás no tan distante…)

No es una mañana más; todavía sentado en la cama, sigo asombrado de la facilidad con la que caí dormido. La verdad es que me siento descansado, tal vez no es el mejor día para sentirse de esa manera, pero en cierto modo me siento aliviado, tranquilo, expectante.

Miro a mi izquierda, pero ya no queda nadie, creo que fue hace veinte años cuando decidió marcharse, ni siquiera habían salido al mercado los anticuados teléfonos virtuales, ni siquiera habían puesto en marcha el obsoleto proyecto de las autovías magnéticas; el ser humano siempre caminando un paso por detrás de los avances… Desde luego, parece que fue ayer cuando me dejó una cama vacía y tantos sueños rotos, si al menos tuviese la oportunidad de hablar una vez más con ella, pero ya no hay respuestas, y los holobots no suplen el afecto, no suplen el calor, nunca lo harán.

El suelo está frío, no quise incluir en el programa suelos templados ni zapatillas de felpa, tengo la necesidad de sentir el frío, tal y como lo recuerdo de mis días de infancia, cuando corría descalzo por la terraza de la casa de mis padres; el olor de las mimosas en flor impregna cada rincón de la habitación, los simuladores casi han logrado que no añoremos los viejos árboles que adornaban los jardines de las ciudades, aunque tampoco me sorprende, teniendo en cuenta que se utilizaron recuerdos reales en su programación.

Han sido tantas las ocasiones en las que hemos estado a punto de convertir este mundo en un cementerio, no entiendo cómo hemos llegado hasta el día de hoy: la Guerra Nuclear, tan temida en el Siglo XX, no tuvo que esperar demasiado para vivir su momento de gloria; el gran Meteorito del primer cuarto del Siglo XXI, que devastó más de la mitad del planeta, menos de lo previsto a pesar de todo, y sobre todo el gran cabreo de la Madre Tierra, que terremoto a terremoto, que huracán tras huracán, que entre montones de desastres naturales, fue minando la moral y sesgando las vidas de los seres humanos, como quien se deshacía de una plaga molesta.

Han pasado más de nueve años desde que se firmó el proyecto y siete desde que se puso en marcha, fue asombroso lo rápido que se implantaron las memorias virtuales, lo rápido que nos olvidamos de nuestros antiguos cuerpos y nos acostumbramos a nuestras nuevas vidas. Y aquí me hallo, frente a la ventana de mi habitación, sorbiendo un café y esperando a las cinco de la tarde; los cálculos fueron precisos, no quedará ni un resquicio de energía a esa última hora, hemos comido demasiado durante tanto tiempo…

No sé por qué mientras viajo hacia otro sitio, pensando en hablar sobre alguna paranoia que se me clava en la cabeza, acabo saltando con fuerza hacia una imagen que me atormenta desde hace años; pensaba hablar de otra manera, desde otro punto de vista, crucificando culpables, lacerando espaldas, escupiendo en la cara de los que creen en que todo vale para llegar a un destino que probablemente sólo lo tengan bocetado; pero me encuentro como si estuviera sentado en un cine vacío, mirando una película que me conozco de sobra, y aunque la ira la siento presente, no duele como solía, ahora es nada más una historia que queda al fondo, que he repasado tantas veces que ni distingo las caras que una vez se grababan hasta en las sábanas de cada mañana.

El tiempo entre tanto viaje de un lado a otro, es el que se encarga de dibujar en mi cabeza los trazos de lo que fué un momento en el que me sentí tan al fondo y tan vacío que no entiendo cómo fuí capaz de salir, aunque sí que recuerdo el modo. pero antes lo he dicho tantas veces, el recuerdo es falso, es un cúmulo de imágenes casi inconexas, repleta de huecos que los sentimientos se dedican a rellenar. Pero he decidido cruzar este puente, aunque esté construído de tablas mal clavadas, y demasiado podridas por el paso del tiempo; quiero quitarme ese estigma en mi memoria como sea, ya no hay nada que pueda dolerme en ese hueco al fin y al cabo.

Del cómo se llega a pasar de ser una de las persoas que espontáneamente asciende en el entramado, en el organigrama mental de unos pocos, no imprescindible pero sí valorado, un gallito más en un corral con demasiados gallos, un gallito demasiado apegado a las gallinas ponedoras que no dejan de mirar con envidia y admiración, tras haberme ganado después de mucho esfuerzo y tiempo, su admiración, su reconocimiento, mucho más importante que el reconocimiento de unos pocos gallos que no ven de lo inflados que están sus orgullos. Del cómo de ser un valor seguro, se pasa a “caer en desgracia” así, dicho con estas palabras, en un gallinero demasiado poblado, cómo, de la incomprensión, de la indefensión, “caer en desgracia”. Su labor fué la de mensajero, y si no me equivoco, la de un buen amigo que intenta avisar; pero en esos momentos sólo me vi hundido, no supe ver nada más; “en desgracia”.

Aquí es donde juega un papel importante la memoria. Si no recuerdo mal, lo que no es probable, alguna semana antes ocurrió un error que debió costar mucho dinero al gallinero. Una equivocación en la selección de un material. Y sí, porque me da la gana decirlo así, no tuve absolutamente nada que ver, nuestro amigo riñoneti, en su desidia, en su falta de control y su habitual indiferencia, no advirtió el error. En mi puta vida habré limpiado tantos botes, sabiendo que el error no era mio. Cierto que el muy gilipollas limpió lo suyo, pero no admitió en ningún momento el error, es más, yo, por eso de callar, por eso de no decir quién, qué, cómo, por qué, asumí parte del error, eso no es ser buena persona, eso es ser muy bobo… Pero ahí hubo una persona que cayó en desgracia, por supuesto, yo. Supongo que esa fué la gota que colmó el vaso de los que me tenían en el punto de mira. Hubo mil circunstancias, me juego el cuello que hubo diez mil o tal vez al menos cinco voces hablando lindezas sobre mi, y es que otra cosa no, pero cuando me hinchaban las pelotas, saltaba al cuello de tantos y tantos flojos mentales; así es muy difícil hacer amigos, pero es que nunca me llevé demasiado bien con los galantes que se engalanan con galones regalados…

Uno cuando le dicen que ha caido en desgracia, supongo que tiene varias opciones en ese momento: saltar a otra cinta que vaya muy rápido hacia delante, lejos de ese sitio; quedarse en la misma línea temporal, pero cada vez más fuera de la realidad, abajo y sin ver la salida; yo sé lo que hice, y sé que me anulé, decidí matar las sensaciones, como si me hubieran anestesiado, y me convertí en un robot; del tajo a casa, ocho horas sin parar, apenas cruzar algunas palabras con nadie, del tajo a casa, y así día tras día, sin parar, vaciándome cada uno de los días, ignorando mi alrededor. No creo que fuese la mejor opción, porque pienso que la salida digna hubiese sido echarle dos huevos y revelarme ante lo que yo consideraba una injusticia, , no creo que fuese la mejor opción, porque daba alas a quien no las merecía, creo que fué la opción más práctica y cobarde, pero funcionó, de alguna manera me hizo fuerte, de alguna manera a mi me sirvió…

No todas las decisiones que tomamos son las correctas o las más acertadas desde un punto de vista social o global, pero si cumplen su función sin interferir en la vida de los que te rodean, si cumplen sus objetivos, entonces las considero buenas decisiones; esto es muy parecido a lo que contesto a los alumnos que de vez en cuando me preguntan por la correcta manera de hacer las cosas en Photoshop, yo siempre les digo que si alcanzan el objetivo deseado, el que ellos querían lograr, no hay un método correcto, o al contrario, todos los métodos son los correctos… Más lentos o más rápidos, eso sí, pero correctos todos…

Hoy por hoy yo he dado tantas vueltas y saltos que ya se me escurre la memoria entre los dedos, pero hay caras que no llegan a limpiarse del todo de mis manos, por mucho que frote y frote e insista en frotar.

Los temporales de nombre bombástico traen bajo el brazo cambios bruscos de temperatura, traen la furia de los elementos, y traen sobre todo una alarma social desproporcionada y seguramente justificada; nadie lo habría negado de haber sufrido las consecuencias ocurridas en la costa Atlántica francesa. Por eso se les dan esos nombres tan de película de los noventa, con un toque de tecnicismo tecnomoderno: “ciclogénesis explosiva”. Espero que no les de por estrenar una tercera parte, aunque mucho me temo que los medios, en su afán de coleccionar titulares, predecirán la llegada de varias de estas.

Lo dicho, en este caso los cambios son bruscos, son tan rápidos que casi no dan margen a la reacción; no es eso precísamente lo que iba sucediendo alrededor de mi en la fábrica. Todo era de una monotonía agotadora, los cambios llegaban, pero lo hacían de manera lenta, arrastrándose por el suelo con pereza, arrastrando el lastre del miedo a los cambios; ni siquiera recuerdo todo el tiempo que pasó hasta que se decidió otorgarme un cargo, un puesto, sólo tengo la sensación de que esa cinta transportadora por la que transcurría mi vida, se movía como lo hacían allá. léntamente, en círculos, durante todo el día, durante toda la semana, sin parar, sin final; daba la sensación de haber saltado a una cinta que viajaba sin pausa hacia ninguna parte en concreto; las pocas veces que trataba de tomar perspectiva para ver lo que sucedía, me asustaba no ver una meta, me asustaba no ver un motivo por el que sentirme realizado que dicen, vivo, joder, contento con lo que haces, al menos motivado; al contrario, mi memoria que es la que es, sólo me transmite un largo aburrimiento, un tiempo que se repetía y se repetía, como cada una de las piezas que pintaba, como cada uno de los botes que limpiaba, como cada una de las veces que me cambiaba los pantalones en el vestuario; llegué a envidiar a toda esa gente que defendía su trabajo, que lo quería, que entraba en ese estado de indiferencia y de letargo las ocho, las diez horas que duraba la jornada, que vivían con ello y de ello, así pasasen por sus manos mil o cinco mil piezas, y llegué a envidiarles amargamente, porque por mucho que lo intentara, no podía dejar de tener la sensación de estar muriendo poco a poco por dentro; joder, no muriendo de verdad, pero es esa sensación de que a pesar de que haces lo que se te supone que debes hacer, hay algo que no va, algo que no funciona. Mucho más tarde, años más tarde, ya fuera de esa fábrica, descubrí que lo que me faltaba por aquella época, entre otras cosas, era el hecho de haber perdido, aparcado, la pasión y las ganas de crear, de hacer cosas nuevas, de pintar, de escribir…

Por supuesto, otra de las constantes que cojeaban en la ecuación, era la constante del conocimiento, de saber a ciencia cierta que ese no era mi mundo, que podría intentarlo cada uno de los días, pero que de ninguna manera podría encontrar mi hueco allá; podría hacer buenos amigos, podría hacer un buen trabajo, podría escuchar y dialogar, pero no encontraría nunca un hueco en mí para ese estilo de vida; de ahí mi envidia… Estaba atrapado en una cinta que daba vueltas y vueltas, y me daba un miedo de la ostia el quedarme así, el verme en esa situación, el no tener cojones para salir de ahí; defraudar a quien me llevó de la mano y traicionar su confianza, defraudar a la persona que había decidido compartir su vida conmigo, defraudar a todo el que esperaba de mi lo mejor; al fin y al cabo, yo había sido siempre el mejor en casi todo lo que tocaba…

Y encima, con lo que supone la música en mi vida, una compañera, un alivio, un desahogo, un paisaje vacío que se llena de colores, un océano en un día de tormenta, una calma en los momentos de furia, ¿por qué cojones no les gustaba el que escuchásemos música en la fábrica? esconder la música para no despertar las mentes dormidas…

Hubo grandes momentos en el transcurso de los días; hubo días de reconocimiento, días de contratos indefinidos, como si un contrato indefinido fuera una pieza fundamental en el buen funcionamiento de una vida; me entran sudores cada vez que en un medio de comunicación oigo aquello de que el trabajo es lo más importante en los días en los que vivimos, o cuando a algún iluminado de los que me cruzo en la calle me comenta aliviado sobre las veinte horas de trabajo diarias que mete, porque es trabajo, y ya sabes, es lo más importante… Me entran sudores, porque detrás de esa frase hay tanto implícito que me da miedo: tenemos la aceptación borreguil, por otro lado tenemos las bases de la filosofía de consumo, encontramos sin escarbar demasiado, restos de pérdida de derechos, y si seguimos un poco más, estoy seguro de que podremos ver las consecuencias de las vidas exageradas, ausencia de lucha, la creencia de que vivimos en un sistema no perfecto pero válido, en el que el trabajo y como consecuencia, el dinero, es algo fundamental, claro…

Sí creo en el trabajo, sí creo que un trabajo digno, un trabajo en el que una persona se sienta realizada, un trabajo que saque lo mejor de cada uno, un trabajo que levante y no hunda, un trabajo que permita disfrutar de la familia y de la vida, un trabajo por el que recibir lo justo; no creo en un trabajo de cadenas e hipotecas, no creo en un trabajo de ahogos y mujeres embarazadas despedidas, no creo en un trabajo de jerarquías intransigentes ni de puñaladas traperas, no creo en un trabajo de unos muchos para unos pocos… Hace un tiempo lo hablaba en casa, un trabajo de seis horas la jornada, implicaría tener pongamos tres turnos de seis, con lo cual las personas podrían disfrutar la vida, producir, crear, hacer a pleno rendimiento y encima tendríamos un buen número de parados menos; claro, eso supone cobrar dos horas menos al día, cuarenta horas menos al año, digamos, trescientos o cuatrocientos euros al mes en un sueldo medio de 1600 o 1400…  Quién será capaz de renunciar a su Monovolumen, a sus vacaciones en Salou, o a sus semanales masajes… No hablo de vivir vestidos con bolsas de plástico, hablo de adaptar el nivel de vida a las posibilidades para poder disfrutar, porque muy a pesar de tantos y tantos, el dinero no lo es todo, y de vez en cuando hay gilipollas como yo, que no anteponen el dinero al trabajo, ni a la familia, ni a la vida.

Así que si otro día te vuelvo a ver por la calle, si tu cara no me causa la repulsa suficiente, y si soy capaz de hablarte entre arcada y arcada; te recordaré que hace unos años, quisiste comprarme con dinero, quisiste que decidiera entre cobrar horas extras o cobrar de los beneficios obtenidos sin cobrar esas horas extras; te recordaré que lo  que yo pretendía, era evitar a toda costa las horas extras que mataban poco a poco mi vida familiar, te recordaré que te dije que no me importaba el dinero, te recordaré que con un desprecio absoluto me escupiste si me sobraba el dinero, te recordaré que no me viste llorar en una esquina por la puta impotencia de no ser capaz de decirte, que lo que me sobraba no era el dinero, sino el sentido común, la integridad y el orgullo; si te vuelvo a ver por la calle, si soy capaz siquiera de mirarte y hablarte, te diré que tenía toda la razón, que tu puto dinero no fué todo, y que he aprendido a vivir con lo poco que tengo en los bolsillos, y con lo mucho que tengo en mi casa y en el alma, un saludo, cabronazo…

La última vez me quedé en el presente hablando sobre un futuro improbable y cercano; no salté lejos en el tiempo, aquí, al barrio de al lado, cerquita, que eso de intentar visitar lo que está por venir es algo demasiado complicado, y a mi enseguida se me dispara la imaginación y empiezo a fantasear con imposibles; demasiadas películas de ciencia ficción en mi adolescencia y después de ella, demasiadas novelas de gente que siguió la estela de Julio Verne; pero hoy, y antes de volver a saltar hacia atrás, estoy con cuerpo animoso, con ganas de tirar hacia adelante a ver qué sale, y todo a raíz de una noticia que escuché hará cosa de una semana o dos en la radio: parece ser que hay un proyecto de recogida de basura puerta a puerta en Hernani, y supongo que esta es la típica noticia que te deja indiferente, de no ser porque ya antes de empezar a trabajar, allá por el 96, en la soledad de mi habitación imaginé un negocio que podría tener futuro: la recogida de basura puerta a puerta; tiene cojones, si hasta hice números en unos papelillos diminutos y a lápiz, me parecía que podía llegar a ser un gran negocio, por no hablar del servicio prestado, y es que era de cajón, una de las cosas que menos apetece a alguien a las nueve de la noche, incluso viviendo en un primer piso, es bajar con el albornoz y las zapatillas de casa, a echar la basura; mucho menos hoy en día, que bajamos con tres bolsas como mínimo, a saber: papel, orgánicos y plástico… Sí, un buen negocio que se quedó allá, escondido en la mesilla de mi antigua habitación, una pequeña visión de futuro, de un futuro cercano…

El pasado Domingo, como cada Domingo, me pasé por las Redes de Punset, y esta semana se hablaba del futuro por venir. Sin entrar en todo lo que se planteó, tuve la misma sensación que tengo cada vez que se tratan estos temas, el futuro lo tenemos aquí, quiero decir, pienso que el ser humano tiene a su disposición todo tipo de avances. Pero la vida real del ser humano avanza a una velocidad menor, es como si la ciencia avanzara por una cinta que aumenta de velocidad exponencialmente y nosotros avanzáramos a una velocidad constante, de manera que hoy en día, la ciencia viaja muchísimo más rápido. Todos los avances que se plantearon serán realidades en breve si no lo son ya, pero algo muy diferente será el que nosotros podamos llegar a ver cuerpos curados por nanobots, o nuestra memoria, nuestro ser guardado en un disco duro, por ejemplo. El futuro rechina y suena como una película mala de ciencia ficción porque no somos capaces de saltar a la misma cinta de la ciencia, porque permanecemos quietos, sin ver que nada cambie realmente en nuestro entorno.

Hace un momento escuchaba en la radio una noticia referente a los coches eléctricos. Se hablaba de un plan del Gobierno para desarrollarlos para el 2020, desarrollarlos, o potenciarlos, o lo que coño sea, joder, ¡¡¡¡¡¡¡para el 2020!!!!!!! vamos a ver, yo llevo muchos, pero muchos años oyendo hablar de los coches eléctricos, tanto, que e juego el cuello a que ya hay desarrolladas tecnologías mejores en el mundo de la automoción, y se habla del año 2020.

Quién va a luchar contra las empresas petrolíferas, quién va hacer que sus cajas ingresen menos poder, quién se atreverá a desarrollar gracias a las células madre u otro hallazgo una cura contra la diabetes tipo uno, por ejemplo, con la cantidad de dinero que las enfermedades mueven en cuanto a medicinas de las que dependemos para sobrevivir; vivimos a velocidades diferentes, siempre atrasados, siempre esperando, siempre con miedo al cambio, y sin embargo, quién, hace treinta años, soñaría con un teléfono móvil así de extendido, o quién se podría imaginar lo que internet es hoy en día; quién coño imaginaría que realmente podríamos mandar fotografías por mensajes electrónicos, o que Mercero no podría grabar hoy en día un clásico como “La Cabina” en una cabina de teléfono.

La impaciencia ante lo que nos espera me come por dentro, y me angustia saber que la ciencia avanza así de rápido, mientras nosotros desde nuestra posición la vemos cada vez más y más lejos, con los putos coches eléctricos en el 2020, cuando probablemente ya se deberían comercializar aparatejos de teletransportación a mundos virtuales desde el que realizar funciones reales; ojo al dato, que no acabo de decir una gilipollez…

Tengo barcos de corcho recorriendo la bahía del Txingudi, y hogueras hechas de restos de otro tiempo, en un momento me he encontrado lejos, muy lejos en el tiempo, en un sitio al que tengo que volver, porque no todo son disolventes ni pinturas, porque hay un pasado que responde preguntas de hoy, porque cuando niño, como muchos otros, las guerras y las aventuras se hacían cerrando los ojos de la realidad, y eso era la leche. Ha sido un flash, un breve recuerdo, porque mi salto debería haberme traido a la actualidad, poorlo que supongo, y sumo, y calculo, que si pensar en hoy, me ha hecho recordar un ayer realmente feliz, uno más uno, dos, tal vez quiera decir que me siento feliz, feliz y esperanzado, como cada vez que alguien me abre una puerta hacia una oportunidad única, que habitualmente se me cierra en las narices… o yo mismo me encargo de cerrarla por miedo, supongo, o falta de coraje, o exceso de pragmatismo, joder, así nunca se puede confiar en saltar y volar, por muchas cintas transportadoras que haya en la caida.

Tengo en mis manos (parcialmente en mis manos) un gran proyecto, no sé si es de esos proyectos que podría cambiar la vida de los que me rodean y mia, lo que sí sé es que es un proyecto innovador y más grande de lo que jamás hubiera soñado; pero como le decía a un amigo ayer, cuanto más grandes son las expectativas, mayor es el portazo, más fuerte suena, y mayor es el golpe; depende de demasiada gente, hay demasiadas ideas involucradas, y para más coña, está en manos de políticos el hecho de que finalmente se lleve a cabo, cosa que me indigna, cabrea y me da miedo. Un evento a nivel mundial, sí, enseñando lo que me gusta hacer y por lo que he luchado a mi manera durante casi cuatro años… Esta vez parece que está más cerca que cualquiera de las anteriores ocasiones, pero por algún motivo, a pesar de todas estas ganas, toda esta ansia, recuerdo haber estado más jodido antes.

Hay un tufillo a intereses, un aroma a rancio detrás de todo esto, que no me gusta un pelo, pero no me da la gana de mirar dentro, sólo quiero desarrollar mi trabajo, sin hacerme demasiadas preguntas, porque realmente me interesa crear mi mundo de luces allá donde lo hago, y si llega el día de verdad en que esa honestidad se ve recompensada por cinco o dos minutos de fama en algún medio, poder hacer que lo que llevo dentro sea visto por una gran masa de gente, y hacerles sonreir, o abrir los ojos, o decir, menuda gilipollez, pues que sea bienvenido. A las personas involucradas les ahorraré mis miedos y mis pensamientos, no pelearé sabiendo que habré caminado un paso más en una dirección trazada hace tiempo.

No pretendo ser críptico, sólo quiero tapar los hechos hasta que se hagan realidad, y reirme de la ironía de entrar en la realidad a través de la virtualidad; tal vez sea cierto, tal vez se acerca el momento en que la puerta no se cierre, tal vez por eso se me vinieron a la cabeza los barcos de corcho y las hogueras hechas de restos, o a lo mejor es sólo otra ilusión más hecha de jirones y trozos de promesas, otro momento más en el que debería haber aprovechado el tiempo de una mejor manera, por ejemplo echando una siesta…

En mi mente se mezlan confusos las sensaciones, como batidas por el tiempo, la memoria es un enemigo proclamado de la fiabilidad y la verdad, porque lo que no recordamos con absoluta claridad, la imaginación y los recuerdos vagos se encargan de llenar los huecos con restos de otras experiencias, y me atrevería a jurar que incluso los rellenan de sueños y falsedades, por lo que no me resulta fiable cualquier comentario, escrito, historia redactada, con más de un día de antigüedad; cuanto más se tarda en redactar un suceso desde que este ocurrió, más huecos habrá que rellenar, no por ello deja de ser poco fiable el proceso de viajar atrás en el tiempo poco a poco, y duro, porque para recordar hay que sentir y respirar ese pasado.

Recuerdo las tardes en las que llegaba a casa a eso de las cinco de la tarde, habiendo salido a las cinco de la mañana, con la satisfacción en el cuerpo de haber dado un paso adelante en mis aspiraciones, que por otro lado no eran grandes, tan sólo se limitaban a hacer aquello que me gustaba y para lo que yo consideraba que valía, un puto dibujo con el ordenador; incluso en mi cabeza se montaban como por arte de magia, historias en las que yo podía haber sugerido e incluso creado nuevos diseños, claro que a lo largo de las anteriores ocho horas de trabajo había respirado demasiado disolvente. Todo se hacía a toda ostia, es la dinámica en la que todos caemos alguna vez; todo alrededor se mueve a toda ostia, todo alrededor tiene que ser irremediáblemente rápido, la productividad se basa en cifras, mucho y más en el menor tiempo posible; es un sistema idiota, en mi opinión, la calidad disminuía según aumentaba la velocidad y la cantidad, con lo que de todas todas, aunque por los números podía parecer que la productividad subía, en realidad no hacía otra cosa que caer; la falta de calidad originaba devoluciones, y esto originaba mecagoendioses, y los mecaoendioses derivaban en broncas estúpidas de personajes sin cerebro.

Pues bien, ya debía de haber transcurrido un cierto tiempo currando entre botes, paneles y demás, poco a poco la gente empezaba a tomarme cierto cariño, con la gente me refiero a los compañeros de trabajo, los que andaban entre botes, paneles, etc…  Los momentos en los que subía a la oficina (subía literalmente porque había unas escaleras para subir al sitio donde estaba el ordenador, con una vidriera enorme desde la que se controlaba toda la planta, bonita imagen jerárquica, por cierto) eran cada vez más numerosos, se sucedían día sí y día también, pero el trabajo que tenía que realizar, normalmente me era asignado el mismo día para acabarlo en una hora, sin ser comprobado, filtrado, sin mediciones, era algo así como: Sube, haz, envía, adios… Daba la sensación de que todo se hacía a última hora, y tal vez se debiera a que ¡¡¡realmente se hacía todo a última hora!!! Yo, con mi poco valor y mi ilusión, joder, parecía el puto Bob Esponja, procuraba hacer lo que se me pedía en el plazo acordado, y de la manera demandada, hasta que un día pasó lo que tenía que pasar: envié uno de los dibujos mal hecho, y Dios, la hecatombe, qué desgracia, qué ruina tan grande, una de las muestras se envió mal, el mundo se acababa…

Por supuesto, el encargado, con dotes para el diálogo, comprensivo y paciente como el sólo, no me llamó a la oficina para hacerme subir tantos escalones, y prefirió bajar él a echarme una buena bronca frente a toda la sección, con lo que supongo que el color de mis mejillas pasaría del natural al rojo, y de este al morado, por no hablar de la humillación, pero supongo, que eso también entraba en el sueldo… Lástima que a mi se me olvidara, porque en vez de callar, sentí como ardía por dentro, y lo juro, le habría estampado algo pesado y grande en la cara en ese momento, pero en vez de eso, ignorando jerarquías y demás, y tal como me había enseñado él a hacerlo, frente a todo el mundo, me encaré con el argumento de que iba a ser la última vez que me hacía enviar nada sin una comprobación previa (cosa que se aplicó durante acaso un mes, retomándose posteriormente la antigua situación); exploté, como explotan tantos y tantos, y eso sí, me quedé como dios, volví treméndamente relajado a casa, suave, como la seda suave…

Pero amigo, la venganza se sirve en fría, o en plato frío, o como leches sea, pero no es del gusto de nadie; el siguiente Sábado por la mañana había que meter horas extras “voluntarias” pues había como siempre mucho trabajo que sacar adelante, así se construyen las espirales de lo absurdo; y debía de ser un trabajo urgentísimo, debía de ser algo súmamente importante, ya que se me asignó una tarea terriblemente responsable… Existían tres máquinas para realizar serigrafías de botes, y ese Sábado las tres debían de estar en marcha, mi labor consistía ni más ni menos en limpiar los botes no de una de las máquinas, cosa que venía siendo lo habitual, sino que debía limpiar con disolvente todos y cada uno de los botes que tenían un error en la serigrafía, de cada una de las tres máquinas… Creedme si s digo que fueron muschos, muchísimos, y que la intoxicación por disolvente fué fina fina; pero a pesar de todo me lo tomé con el humor de quien sabe que a pesar de todo, ha ganado una pequeña batalla, eso sí, la putada fué mayúscula…

Curiosa la sensación de sentirse culpable por algún motivo real o no, curiosa cuando menos, por no decir otra cosa, por no decir que vaya mierda de sistema de aviso nos colocó el que nos hizo a su imagen y blahblahblah… Retomo las palabras porque debía de ser hoy, aún sin saber si podré hacerlo cada semana, pero con el convencimiento momentáneo de que seré capaz de esto, como lo he sido antes, demasiados compromisos absurdos, demasiados autoadquiridos quehaceres, pero lo que disfruto, eso no se paga, sólo se ve, se lee, se comprende, se interpreta, se elogia, y eso vale más que el dinero; vamos a ver, no soy tan bobo, sé en qué sistema vivo, sé qué vida me ha tocado vivir, pero también gracias a lo que he ido aprendiendo, (joder, sólo hace falta ser observador, nada más) he sabido crearme mis propias teorías sobre el todo, todo lo que me rodea, sobre las circunstancias actuales, sobre la manipulación y la mentira, y sobre la verdad, que esa es más difícil.

Mi estado de ánimo no es el mismo que el del pasado Agosto, y poco a poco esa mala ostia se va diluyendo, en este preciso instante he debido saltar de la cinta temporal en la que me encontraba, porque me encuentro haciendo la vida que yo quiero desde un punto de vista laboral, por llamarlo de alguna manera, creando, bueno, escribiendo, retocando, pintando, enseñando a quien quiere aprender, en estos momentos de crisis incierta, de lo que unos consideran crisis, los menos consideran negocio, y los muchos menos consideramos montaje, qué divertido debe de ser eso de jugar con la vida de familias, y qué bonito quejarse de que no se puede pagar un monovolumen nuevecito por la crisis mientras tantos se mueren no tan lejos por no tener nada; ¿demagogia? sí, pero este es mi sitio, y no por demagogia deja de ser una realidad… Este momento es diferente, me muevo suave, me gustan las sensaciones que van apareciendo cada día, y aún y así, aunque no me lo creo, aún de vez en cuando tengo una mala noche por tantos momentos guardados, demasiado guardado, y demasiado poco hecho.

No suelo releer lo que escribo, no habituálmente, pero hoy, para poder seguir escribiendo sobre los saltos en el tiempo, he tenido que hacerlo, para ponerme al día sobre el momento en el que lo dejé, y mientras leía, me daba cuenta de lo que fueron aquellos primeros días, y de lo cobarde que fuí al no actuar; realmente no actuaba en contra de esa situación, sólo dejaba que los sucesos pasaran uno a uno, y se fueran todos depositando en un pozo, probablemente sólo se trataba de cobardía, cobardía a enfrentarme, y no sé la razón, no la entiendo, no me entra en la cabezota el motivo por el que dejé pasar tanto y tanto, el motivo por el que siempre acabo encontrando un pozo donde esconder la cabeza, o donde recoger la basura. Pero es que los huecos, los pozos, no son eternos, tienen fondo, acaban rebosando, cuesta recoger lo que se escapa, huele mal, y es desagradable; me imagino que estoy en esas, en las de recoger lo que antes no supe limpiar, pero incluso a limpiar también se aprende, a limpiar también te enseña la vida; y por qué no decirlo, por entonces yo era un pardillo, que tiene cojones, encima esperaba cada día que se me llamaba para dibujar algo en el ordenador, con ilusión, pensando que un día las cosas cambiarían, y claro que cambiaron…

P.D.: Muchas gracias JM por animarme a retomar esto :)

Llegué a un punto en el que no sabía muy bien por dónde leches seguir, porque los recuerdos son mil, los momentos tres mil, las sensaciones mil doscientas, y existe una línea general, pero ramificaciones de hechos que rodearon todo lo que iba sucediendo, así que aún a riesgo de mezclar en el tiempo lo que fué aconteciendo, tengo que seguir de alguna manera; además, carece de importancia, la realidad se dibuja en mi mente, y poco importa en qué orden… Supongo que mis pasos me llevan al primer día entre otros, parece que tiendo a recordar las primeras veces, los primeros días, y lo que sigue son consecuencias de lo anterior; el primer día que el Gerente de la empresa tuvo a bien bajar a ponerme a prueba delante de un ordenador para tratar de realizar mi primer trabajo serio de dibujo, delante de un ordenador, todos sabemos, por supuesto, porque es conocido por todo el mundo, que el que trabaja frente a un ordenador, no trabaja, claro, al menos, ese fué el poso que me quedó a mi en semejante lugar, porque ahí sólo había dos posibles: o sudar porque eras un trabajador, o ser un jefe y tener derecho a no sudar, pero sí a pensar.

Fué una prueba creo que bastante satisfactoria, al menos para mi, se trataba de conseguir enviar un dibujo a una imprenta, y hablar con el cliente si era necesario, y bueno, lo conseguí, muy a pesar de mi jefe de sección, por lo que pude comprobar posteriormente. La coña residía en que yo no tenía unas horas, un tiempo, para ir haciendo ese tipo de trabajo, yo sólo tenía que subir a dibujar cuando este tipo lo consideraba, claro que habitualmente consideraba que debía hacerlo en el último momento, cuando el cliente ya apretaba, una bonita experiencia para ir soportando situaciones de estrés y aprender de ellas, o acabar hasta los huevos, claro… ¿El resto del tiempo? pues el resto del tiempo transcurría entre disolventes, tinteros, y serigrafías, y mi empeño de aprender de todo y todos los que me rodeaban, compañeros de trabajo; aún me pregunto qué coño es eso de ser compañero de trabajo… Hacemos un mal uso del vocabulario, compañero denota un cierto grado de colaboración, y lo que descubrí allá era un sálvese quien pueda, por lo que se debería usar otro término, no sé, conocidos, toca huevos, gente, algún término que no denotara colaboración, y mucho me temo que esto viene de serie en casi todos los puestos de trabajo. Esta gente no tuvo muchos reparos al principio de esconder lo que sabían, no tuvieron muchas dudas a la hora de ponérmelo jodido, al fin y al cabo yo era un enchufado de uno de los jefes, y si quería aprender, iba a tener que sudar, no iban a tolerar que viniese alguien como yo a quitarles las nulas posibilidades que tenían de ascenso…

La vida tiene estas cosas, luchas constantes, y decepciones contínuas, que supongo, forman parte de nuestro aprendizaje, pero me resulta triste que debamos andar a ostias para aprender, me resulta triste que tuviese que caminar rodeado del miedo de los demás, porque eso no demostraba más que una cosa, eso demostraba que ellos conocían sus límites, pero eran incapaces de admitirlos, por eso me hice una promesa interna, yo debía reconocer mis límites, comprenderlos y aceptarlos, para no caer en la trampa del autoengaño. Por cierto que este mal afectaba desde el último de los trabajadores hasta el más alto de los cargos; en esa puta empresa, por Dios, nadie aceptaba sus limitaciones, nadie las reconocía, todos se creían capaces de todo, claro que así andaban todo el día con el alma en los pies por la frustración… Pocos, muy pocos, conocí allá, que no sufrieran del mismo mal.

Así, a pesar de las caras y los miedos de la gente alrededor, a pesar de los kilómetros, a pesar de las dudas y el cansancio, a pesar de que se me secaban los labios de limpiar tanto bote, a pesar de que tenía que pelearme por aprender, a pesar de que tenía un jefe de sección que si me veía intentar aprender, me paraba los pies con palabras sutiles que empezaban por un :¡¡¡qué haces!!! así, poco a poco, con paciencia, supongo, o porque en el libro de la ruta de la vida ponía que había de ser así, o porque me sentía culpable por ser un enchufado, o porque yo qué sé, así, fuí aprendiendo poco a poco sobre todo lo que me rodeaba, así poco a poco, me fueron encargando algunos dibujos más que debía hacer en las horas extra, nunca en las horas de trabajo, como si aquello otro no fuera trabajo real, no sudaba al fin y al cabo, así poco a poco, aprendí, y ójala nunca lo hubiera hecho, pero lo innato en una persona, eso sí que no se puede cambiar…

El camino no se hizo especialmente largo, no fué demasiado tiempo, ni recuerdo que hiciese demasiado calor, era mediados de Junio, y en esta zona, a mediados de Junio, no se puede decir que haga demasiado calor. El coche marchaba bien, conducir era una sensación increible, joder, la estaba gozando, y probablemente Mike Oldfield sonaba en el radio casete del Clio; no lo recuerdo claramente, pero me conozco, iba de estreno, estreno de curro, estreno de coche, a la fuerza llevaba a Oldfield, y casi seguro era el Tubular Bells lo que sonaba. Todo era perfecto, comenzaba un nuevo capítulo en el Libro de la Ruta de la Vida, y yo no estaba dispuesto a abandonar esa cinta que ante mi apareció gracias a un enchufe; los enchufes no eran baratos, de ninguna manera, y no soy persona a la que guste defraudar a los demás (cosa que no consigo habitualmente).

Llevaba puesta mis pantalones negros y mi camiseta negra, eso sí lo recuerdo, no había recibido ninguna instrucción sobre lo que iba a empezar a hacer ese primer día, o sea que fuí de calle, como cualquier otro día, eso sería suficiente. La verdad es que iba con ganas, oyes tantas veces lo costoso que es encontrar un trabajo, oyes tantas veces, tantas alabanzas sobre el trabajo, oyes tantas veces eso de “mientras haya trabajo”, que no podía menos que estar loco de contento, eso era la ostia, lo que cuesta encontrar trabajo, lo bueno que es, y yo lo había encontrado en tan poco tiempo, era para estar contento; claro que conforme va pasando el tiempo, vas moviéndote por el mundo y la perspectiva de lo que te rodea, va variando, como el mar, como el tiempo.

Supongo que llegué con un cuarto de hora, tal vez media hora, de antelación, era turno de tarde, por lo que tocaba entrar a las dos y salir a las diez, ocho horas que eran nueve y media reales, contando el traslado allá, aunque con lo que gozaba al conducir, eso no iba a pesar, ya, claro (hay que ser gilipollas para pensar de esa manera). Recuerdo el olor a material plástico, no era agradable, pero tampoco era lo suficientemente desagradable como para hacerte vomitar. Recuerdo el primer vestuario, pequeño, con un ambiente cargado, oliendo a sudor, humedad, plástico, aceite, disolventes… Recuerdo las caras, no los rostros, pero si los gestos, todo eran sonrisas  y cansancio, claro, yo era un enchufado de uno de los grandes jefes, claro… recuerdo subir al que iba a ser mi lugar de trabajo durante los siguientes muchos, muchísimos años… y recuerdo presentarme al que iba a ser mi jefe directo, un gran desatino, ese aún estaba más enchufado que yo, y recuerdo que pese a ser yo una posible solución para los problemas de dibujo que tenían en esos momentos, no toqué ni de lejos un ordenador, tan sólo me ubicaron al lado de una mujer de unos cuarenta y tantos que pintaba (aprendí que eso era serigrafiar con una máquina) depósitos de jardinería… Mi labor, bueno, pues como había que empezar desde abajo, para aprender, claro, ya sabéis, fué limpiar los depósitos que se pintaban de manera defectuosa, con un disolvente llamado J-72 (joder, aún recuerdo el nombre y su olor ácido, mareante). Así fué durante ¿ocho? no, diez horas, ya que muy amablemente, el jefe de sección bajó con una lista para ofrecer meter horas extra, claro, yo era el enchufado, el nuevo, debía esforzarme más que el que más lo hacía, claro, metí las horas pertinentes. Así fué, durante días, semanas, supongo que aprendí muy bien a limpiar depósitos, se me daba de miedo, cada vez lo hacía más rápido, y cada vez mi garganta estaba más irritada, cada vez llegaba más frustrado a casa, pero contento, porque el trabajo dignifica, y porque el trabajo es algo grade y hermoso, que hay que conservar… ¿Dónde mierdas habré quemado esa parte del libro de la vida? y sobre todo, ¿por qué tardé tanto en hacerlo?

Cierro los ojos mientras pienso antes de escribir nada en este blog; cierro los ojos para despejar mi vista, la tengo cansada de estar todo el día frente al ordenador, retocando fotografías, maquetando un par de páginas; cierro los ojos y viajo unos años atrás en el tiempo, despacito, que no quiero marearme, sólo quiero viajar hasta ese momento en el que entré a trabajar en la fábrica, siempre la llamaba así, la fábrica, y eso es lo que era; voy despacito porque los recuerdos son demasiados, voy despacito porque incluso los vapores que queman mi garganta están presentes en mi memoria, recuerdo la textura de los olores, es tan intenso que puedo recordar cada olor, desde que entraba por la puerta, hasta que llegaba a mi puesto, mi puesto…

Voy despacito porque me sigue dando vértigo y asco asomarme mentalmente a las puertas de ese sitio, voy despacito porque si corro olvidaré muchos detalles importantes, olvidaré mucho odio y dolor que no quiero olvidar hasta que cure, joder, todavía tengo qué curar; a ver, no todo fué malo, también fué mucho peor de cuando en cuando, y también ayudó a ir rellenando el libro de ruta de la vida con las equis que marcan el camino correctamente recorrido, también ayudo a independizarme, ayudó a conseguir un coche, una hipoteca, una vida adulta, y pese a sonar algo irónico, ese tipo de bienes, fueron bienes de verdad, excepto la hipoteca, claro, pero eso de los bancos es otra historia…

Hacia el comienzo de Junio del año 1999, mi enchufe contactó conmigo tras la prueba realizada en la fábrica; parece ser que se decidió entre los jefazos que mis servicios podrían ser útiles, y con eso y un empujoncito, la llamada me apremiaba a aceptar el puesto; un puesto que no podría darme desde el principio, claro, tendría que ganármelo, no era justo que alguien entrase enchufado, y que empezase a trabajar en un puestito limpio, con una máquina, dibujando y eso, además, no tenían suficientes dibujos para hacer, por lo que la solución era obvia, empezar desde abajo, esa era la consigna; las razones expuestas: lo que antes he comentado sobre el enchufe, aprender todo lo que rodeaba a la sección de serigrafía, ser uno más de la plantilla, y a la vez subir a dibujar cuando fuese necesario… Yo, en mi inocencia (juro que por aquél entonces era mucho más inocente de lo que soy ahora), acepté sin rechistar, es más, me parecía un trato justísimo, joder, más que justo, no tenía de qué quejarme, me iban a enchufar con un buen sueldo, eso debía ser más que suficiente para no quejarme.

El aviso estaba dado, las consignas estaban bocetadas, me faltaba el coche para recorrer los 50 Kilómetros hasta el puesto de trabajo, y para recorrer la vuelta a casa, claro; sabía que iba a cobrar a partir de Junio, el objetivo estaba claro, necesitaba un coche, no caro, pero decente, resistente, lo suficientemente bueno como para aguantar miles de Kilómetros, pues ese era mi objetivo, permanecer allá durante muchos años, y no fueron muchos, en cantidad se diría que fueron pocos, en calidad yo diría que fueron demasiados; si no recuerdo mal, fué una semana un tanto loca, de concesionario en concesionario, con la calculadora mental funcionando a tope, con mi cabeza inundada por números, olor a perfume de vendedores y a coches nuevos, con carrocerías inmaculadas, mil opciones para embellecer los vehículos y tres mil peticiones de avales porque aún no había contrato fijo (sí, sí, como oyen, contrato fijo, sea lo que sea eso). Al final, como era lógico, acabé comprando el coche que por lógica iba a terminar comprando, la línea del nuevo modelo llevaba gustándome cerca de un año, por lo que sabía, los motores de la casa eran fiables, y qué coño, salía apañadito de precio, así que allá fuimos, con aval, dinero, promesas, sonrisas, perfumes más o menos caros o baratos, más sonrisas, a comprar el coche que nos llevaría a marcar con una equis otra de las casillas del libro de la ruta de la vida. Al poquito de pedir el coche, al tenerlo en el concesionario, pude llevármelo puesto. Un Clio II Diesel, claro, que la gasolina estaba cara, y no se podía andar tirando los dineros, color plateadito, tan limpio, oliendo tan a nuevo, mi primer coche, claro; ya estaba preparado para acudir a mi puesto de trabajo el siguiente Lunes, a la fábrica…

Nada cambia, ni tus enemigos, ni tus amigos, ni los ríos, ni los montes que me rodean, y sin embargo, lo veo todo diferente tras el paso de los años. El engaño del tiempo, el engaño de la ilusión de lo invariable. Supongo que todos hemos tenido días de esos en los que todo parece igual al día anterior, es más, me pregunto si en realidad no son todos los días así, si no tengo esta sensación de vivir en el día de la marmota todos los días, es más, incluso creo que he escrito sobre esto antes, días de la marmota, deja-vu…

Es la sensación de ahogarse en el tiempo, como si éste no pasara, aún sabiendo que pasa, los plazos aprietan, es más, recuerdo cuando los plazos no sólo apretaban, recuerdo el tiempo en el que destrozaban los nervios a cualquiera, recuerdo el tiempo en el que dirigía un equipo, en el que todos hacíamos lo posible para llegar a lo imposible, recuerdo a un hijoputa comercial, que no hacía mas que prometer plazos de entrega y cantidades, sin consultar, sin saber si era posible o no, destrabajando, deconstruyendo, claro que el vivía como Dios, y hay que joderse, encima estaba bien visto; me alegro de que a pesar de todos mis avisos, luego diera por culo a la empresa bien, se me llena la boca cuando pienso en un gran OS LO DIJE, CABRONES. Cuántas pesadillas, cuántas noches perdidas entre sudores y sueño perdido, cuánto dolor. Recuerdo porque aún hoy, hace cosa de dos días, volví a tener pesadillas después de pensemos… más de cuatro años, más de cuatro años y aún recuerdo al dedillo tantos detalles de aquél sitio. Recuerdo que en los últimos meses allá… no,no, mejor voy un paso más atrás, que hay tantas circunstancias que contar… Empecemos por el principio, es la mejor manera después de todo, y tal vez el escribirlo aquí, me sirva de purga y me ayude a parar las pesadillas que vuelven cuando menos me lo espero.

Todo comenzó allá por 1999, yo tenía una vida recién estrenada, había acabado los estudios de diseño gráfico, y lo siguiente que aparece en el libro de ruta de la vida, es eso que llaman “buscar trabajo”, pero con la suerte que me caracteriza, que por lo general es buena, tenía mi pequeño gran contacto para obtener ese trabajo que me permitiera ir un poco más lejos en el libro de ruta de la vida, yo qué sé, coche, piso, boda, hijos… Lo que tocara. Como iba contando, yo tenía ese enchufe del que tanta gente presume, y que a mi me hacía sentir avergonzado; pero no era un enchufe cualquiera, porque si me contrataban, lo harían por necesidad, y empezando desde abajo, lo cual no llegué a comprender del todo, porque ese desde abajo, no se correspondía a lo que se supone que iba a ser mi cometido; a pesar de no comprenderlo, reconozco que me fué de gran ayuda, con ello aprendí el funcionamiento de la sección en la que estaba destinado. Empecé antes de empezar; la fábrica se encontraba a 45 minutos de carretera, y mi primer día que no lo fué, simplemente me llevaron allá para demostrar lo que yo podía dibujar o hacer con el ordenador, el freehand, un programa de dibujo vectorial, y el photoshop, el programa e todo dios. Claro, les demostré que la persona que tenían encargada en la sección, de dibujo, no tenía ni puta idea, y que yo podría hacer ese trabajo, ese trabajo… Curioso cómo las intenciones viajan en un tren y el destino trabaja en otro completamente diferente, curioso cómo nos toman el pelo al regalarnos el libro de ruta de la vida…

Hace muchos años, madre mia, muchísimos, casi más de dos o quince ya, quizás más, que importa, conocí a mi némesis, y es que todos tenemos un némesis esperando en algún lugar del mundo. El caso es que yo tuve la suerte, o mala suerte de conocer a mi némesis en la adolescencia, o post adolescencia, vamos, cuando aún me salían granos en la cara y luchaba por ser un rebelde, porque no sólo se lucha al ser rebelde, también se lucha por llegar a serlo. Vamos, que me vestía como me salía de los cojones contradiciendo a todo dios, con un gusto pésimo, sí, como si en un viaje de vuelta desde los años cincuenta a la actualidad, me hubiese quedado a repostar algo de ácido a finales de los sesenta, un hippy trasnochado, el último gran hippy de mi pueblo, lo dicho, lo que me salía de los cojones; y no sólo eso, lo llevaba con orgullo, con el orgullo de sentirse y saberse diferente, eso no ha cambiado, sólo que ahora los objetos de mis críticas son un poco más adultos por decirlo de alguna manera, eso y que el vestuario ha cambiado, se ve que encontré una faceta de estilista de vuelta a los noventa. y al menos pude salvar con decoro la época de las hombreras de los ochenta.

Como iba diciendo, que siempre me pasa lo mismo, conocí a mi némesis allá por los años extraños, un encuentro tan fugaz como traumático, en el que me vi acorralado contra un poste de duro y frío cemento, acosado por la razón, la previsión, el decoro, y sintiendo como mi espalda se helaba contra el poste de cemento frío, mientras mis mejillas ardían sonrojadas por el rapapolvo que me estaba cayendo encima, en la intimidad de un bar en Sábado por la noche, estas, son de esas cosas que no se olvidan fácilmente; yo sé que podría haberme creado un trauma peligroso, haberme hundido, tal vez podría haberme forzado a una autoreclusión Saturnina, podría haber caído en ese momento de la cinta en la que estaba mi vida misma, de ahí al foso de los espacios vacíos que existen entre cinta y cinta…

Pero no, no fué así, llevaba conmigo un arma poderosa, esa rebeldía que hervía dentro de mi; no recuerdo cómo ostias salí de aquella situación, teniendo a mi némesis frente a frente, pero salí, y salí fuerte, de hecho, en vez de recordarlo como un profundo cisma en mi vida, lo recuerdo como una anécdota, y me hace gracia abrir el libro de las anécdotas de vez en cuando y leer ese capítulo; de hecho es extraño, bueno, no tanto según los principios de la física; me sentí por un momento irremediablemente atraído por mi némesis justo aquella misma noche, pero duró lo que dura un vaso de mosto con cointreau; años más tarde volvería a encontrarme con mi némesis en otra situación, bajo otras circunstancias, aún seguía siendo mi némesis, eso nunca cambia. Yo al menos estaba preparado cuando la conocí…

Quiero pensar en los recelos, quiero pensar hacia dónde me han llevado, quiero recordar si en realidad me sirvieron de algo; pero no recuerdo, no recuerdo, tengo la memoria hecha un cúmulo de sucesos que no quiero ordenar, ordenar supondría recordar, y francamente, hoy no quiero recordar. No hay un motivo en concreto, sólo que creo que me siento extremadamente vago, vago para recordar recuerdos que me hagan pensar, vago para pensar sobre los recelos, vago para buscar en mi cabeza, vago para descubrir. Llevo un tiempo caminando de puntillas por senderos mágicos y no tan mágicos, llevo un tiempo caminando de puntillas para no perturbar el sueño de los que me rodean, llevo un tiempo aprendiendo a caminar de puntillas, porque no sé pisar con fuerza, pisar con fuerza es cosa de orcos, prefiero pensar que soy alguien que acompaña a la lluvia.

Quiero olvidar si alguna vez recelé de alguien por su aspecto, por su manera de pensar, quiero olvidar si alguna vez fuí tan bobo como para ser quien no quiero ser, quiero olvidar si es que hay algo que olvidar. Estoy cansado de escribir a las claras, caminar en silencio y marcar mi camino para que mis pasos de puntillas sean seguidos, es que hoy, simplemente me siento vago, vago para marcar caminos, vago para recordar recuerdos. Quiero olvidar si es que hay algo que olvidar, y recordar el presente, porque el pasado, el pasado es pasado, y por mucho que el verano huela a crema Nivea en la espalda, a carreteras mojadas y tierra húmeda tras la tormenta de Agosto, por mucho que el Verano huela a ensaladas mixtas y hierba recién cortada y demasiado seca, quiero olvidar que esos olores son parte del pasado, es que hoy me siento demasiado vago para oler el pasado.

Si alguna vez recelé de ti, o de ti, o de alguno de vosotros que rondáis por estas palabras, o de alguno que sin rondar las palabras ronda algún rincón de mi mente, si recelé sin motivo, espero que sepáis perdonar el que no recuerde, así como ese momento en que me hice una imagen totalmente confundida de vuestra persona, si alguna vez recelé de alguno de vosotros presentes o no, con motivo, pues eso, que os jodan, tenía razón, y es que a veces quisiera ser como Lisbeth Salander y tener la facultad de dar el siguiente paso, tras, eso sí, haber realizado un juicio justo, aunque si no recuerdo mal, tampoco recuerdo recuerdos sobre juicios justos, creo que son un mito del que alguna vez oí hablar, los juicios justos, las sociedades justas, mitos, sólo mitos en mi mente demasiado vaga para recordar recuerdos…

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